domingo, 24 de junio de 2007
Salió a comprar el periódico como habitualmente lo hacía. Pero mientras regresaba a su departamento le llegó un dolor intenso de cabeza y náuseas. Se inclinó sobre la acera y vomitó, vomitó como nunca lo había hecho. Pocas personas caminaban a esa hora, pero ninguna reparó en el infortunado que moría en cada arcada. Sudaba frío, las manos y las piernas le temblaban, pero logró incorporarse y empezó a caminar. El viento le despejó un poco. Prendió un cigarrillo y continuó el trayecto con un cosquilleo que se diseminaba por la espalda, las caderas y terminaba en el ano. Llegó a su departamento y prendió su lapto. Contrariamente a tantas ocasiones la pantalla en blanco no le asustaba. Ya no sentía acorralado, como un cuy. Tenía, por el contrario, seguridad infinita de encontrar el momento, el instante justo en que de la vaporosa realidad tenía, no había vueltas que dar, tenía que surgir la primera palabra. El inicio a la concreción, a la totalidad. Estaba seguro, ahora trato de entender que así era, de dar el primer paso, un breve pero inconmensurable paso para la humanidad. Ningún registro de hecho histórico anterior podría tener parangón. Ni el primer, inocente y desesperado, hombre que descubre el fuego. Ni la denominación de las cosas, los seres, los misterios. Ni la primera oración a la noche. Ni el descubrimiento del sexo, el amor, el poder. Dijo, Me llegó. Y parecía cierto pues en C, profesor universitario del tercer mundo, atrapado entre las montañas y la desolación, se concentraban todas las energías del universo, se posaban una sobre otra, se armaban como una bomba, para que de ahí, sin esfuerzo ni concentración, pudiese salir, como tantas y tan pocas a veces a lo largo de la historia de nuestra humanidad, la voz de Dios. Cerró los ojos un segundo, un instante maravilloso, de plenitud, de paz. Tomó aire, los pulmones se llenaron. Alzó las manos. Se sentía portador de una idea universal, de una fuerza que lo superaba todo, que lo inundaba de amor, de dicha. Ahí, en ese segundo C creyó comprender, que la felicidad no era un concepto, una aspiración pueril. Y así, con el corazón entregado a la mente, estiró la mano derecha hacia la primera letra. Una, que no sabía cuál sería, pero que suponía la iniciación, el camino que empezaba a abrirse. La luz que anegaba la oscuridad de la tierra. Una, que podía ser cualquiera, que impulsaba la maquinaria perfecta del lenguaje, y así, el movimiento de la sangre, de la condición humana. Una letra que accedía al signo, al misterio, al desciframiento. Esa primera letra que era origen y final de todo. Primer día de la creación. Memoria acumulada. Abrió los ojos, dejó que la totalidad operase a través suyo, se dejó llevar, débil criatura, maravillada por el encuentro. Se hallaba en un estado de posesión. Su mano se acercó al teclado, que era el manantial primario, el agua del que bebería la sombra, el mito y la conciencia. Ahí mismo, entre las montañas y el mar. Entre el cielo, el suelo, la soledad. Cercano al pasado. A las fotografías que le sumaban, que le hacían un cifra, un código. Con todos los ríos del mundo y los valles y las cuevas y los murciélagos y los atardeceres y el nacimiento de una criatura y las lágrimas de gozo, los primeros brindis y los bailes las hogueras y las disputas. Luego un tigre, un ciego, un payaso. Una bicicleta y la lánguida figura de la tristeza. Y la historia, la miseria, y los ojos de su madre y su risa brillante y su palabra sanadora, y el agua, el manantial que escondía. Así, hasta que el impulso se hizo mineral, volcánico. Y su mano se dejó llevar y se posó sobre una de las teclas, y todo se volvió nube, vapor, roca, hasta que, como casi siempre ocurre, se fue la luz, una vez más como en estos últimos meses de escasez energética. Y se quedó en silencio, petrificado. Pero debía haber gritado, ¡Que mierda de país! Y luego reaccionó y trató de encender de nuevo el computador, como si solo su desesperación pudiese traer la carga necesaria para que funcionase la vieja batería, pero era ya demasiado tarde. Una vez más la burocracia estatal, y su ineficacia para prever planes de contingencia en época de sequía era, era la culpable de todo. Debió haber gritado otra vez, ¡Maldita luz!, varias veces, y patear los muebles de la sala. Era conciente del instante que había vivido. Un segundo maravilloso, de dicha, de convicción. Ahora solo quedaba la estela de una emoción que se desvanece como la neblina. Y todo se disipó como si nada, sin dejar rastro, y ya nunca más apareció, y se quedó dormido, y despertó con ese aburrimiento que, como todos los días de su vida, le agarraba de los pelos, le estrujaba, y le lanzaba contra el mundo, contra las levedades de su vida, y las miserias de una angustia creciente.
lunes, 11 de junio de 2007
C era conciente que su cabeza le jugaba pasadas, le ponía trampas, para dilatar su verdadero proyecto literario, y él se dejaba caer en esos artilugios porque en el fondo le aterraba la idea de empezar a escribir, sobre todo le volvía loco la posibilidad de entrar de lleno en lo que había sido, hasta ese entonces, el único pretexto para vivir. De tanto esperar a que llegara ese día, C terminó acostumbrándose a la espera. Es más, no podía concebir un día sin entrar en ese estado de ya pronto será, que le propinaba nuevas energías. Dejar pasar un día, una semana o un mes era como beber cantidades industriales de energizantes, de pastillas de éxtasis que le mantenían lúcido. Pero sabía que tarde o temprano tendría que dejar de aceptar el engaño en el que vivía. Estos pensamientos suponían nuevas torturas y angustias que le afectaban el cuello y la espalda. Toda su tensión, el río que creía retener en sus entrañas, se acumulaba en los centros nerviosos y musculares. Tan así que cualquiera que pueda recordarlo hasta hace algunos meses, tendría que aceptar que parecía un cargador de mercado, uno de esos seres de la neblina que se despiertan a las cuatro de la mañana, toman café aguado, y salen a ponerse a la espalda quintales de papa, arroz, harina, carne, que nunca comerán, para obtener unos cuantos miserables billetes que gastarán en pagar el cuarto de porquería donde viven, comer papas con cuero, y beber hasta las últimas gotas de un hervido, preparado con restos de cerveza, ron y puntas, que les hará transportarse a otro territorio, donde solo existe el pasillo y los recuerdos de una tierra de la que salieron para nunca más volver. Entonces llegó una semana, regular y aburrida, pero que supondría el cambio definitivo Un lunes despejado, con el cielo azul, y el sol cayendo a raja tabla. Dos minutos de silencio. La mente en blanco y luego una sensación ligera de vértigo. Un martes como el día anterior, cinco, quizás diez minutos rodeado de una espesa cortina blanca. Un mareo que aumentaba. El miércoles con brotes de una lluvia pasajera, y treinta minutos de desdoblamiento, como si C no estuviese dentro de su cuerpo, distante de sí, pero conciente de mirarse. Jueves una hora completa, con cada uno de sus minutos y sus segundos abandonado a una realidad circundante que no era la habitual, y unas náuseas incontrolables que lo llevaron al baño. Y siempre en medio de las clases. Era como si de las paredes saliese una mano gigante que le cubría los ojos, la nariz, la boca, hasta desmayarlo. Algunos alumnos le dejaban estar así, porque les daba lástima. Había en ellos un dejo de burla contenida, un deseo de que C terminase por volverse loco delante de ellos, aunque la mayoría lo consideraban ya como tal, una especie de animal enjaulado, cuya mirada podría intimidar, y llegar hasta generar terror, pero que, en muchas otras ocasiones, daba pena, eran tan similar a la de un perro apresado. Un animal feroz capturado, apaleado y muerto de hambre. Otros alumnos, casi siempre alguna alumna que lo había conocido semestres atrás, y que le guardaba algún grado de simpatía, le llama la atención, con disimulo, como si quisiese lograr que C pueda retornar a la realidad, sin que esto supongo un trauma, un encuentro violento con el mundo concreto. Otras, como Loló, que habían conocido sus niveles de vileza, le despreciaban cuando ahí, en medio de la clase, empezaba a babear, y los ojos se le desorbitaban. Pero C no sufría ataques de epilepsia. Era como si su cuerpo estuviese viviendo algún tipo de metamorfosis, un cambio de piel como lo hacen las serpientes, pero que le salía desde adentro, más parecido a Alien, a un ser que le empezaba a crecer en las entrañas, y que daba sus primeras pataditas. Era un sensación de embarazo que, luego de lo primeros síntomas, como babear y reír como idiota, daban paso a una sensación de llenura, acompañada de calor, y de nauseas permanentes. Una semana de hambre de marino, en la que comió grandes cantidades de mariscos, y tomó litros de cerveza fría. Los dolores de cabeza también empezaron a prolongarse. Ya no bastaban dos aspirinas en las mañanas, y debió tomar una nueva dosis cada seis horas. Luego recordó a Perry y siguió su receta diaria, y acompañó a las aspirinas con coca cola. Esta mezcla le daba cierta tranquilidad. Vinieron luego los puchos de marihuana. Pero C no lograba encontrar el equilibro. Su cuerpo no dejaba de mandarle señales de cambio, y llegó a pensar que así debía sentirse una adolescente cuando le llega la primera menstruación y sus senos empiezan a crecer. Al principio no creyó que ese estado fuese permanente. Pero, poco a poco, la posibilidad de regresar a su estado anterior empezó a parecerle una quimera, un sueño, como ganar la lotería nacional. C nunca había creído en ese tipo de suerte. Aunque tampoco era de los que pensaba que la suerte se la buscaba uno mismo. Estaba claro que la vida no era el resultado solo de la persistencia. Se necesitaba de otras variables convergentes. Casi todas vinculadas a la tradición. A los resguardos que le daban una familia con presencia social, pues eso suponía ya un nivel de garantía del futuro. De no haber ese antecedente se requería compensarlo con nuevas relaciones, todas adquiridas en colegios privados, universidades de prestigio o círculos intelectuales. Pero C no tuvo nada esto. Sabía perfectamente cuál era su lugar en el orden social. Por ello, muchas veces a escondidas, terminaba comprando la lotería con la ligera esperanza de obtener el gordo. Aunque nunca preguntaba por los resultados. Una semana larga, en la que las cosas parecieron precipitarse. Entonces, llegó el domingo…
viernes, 25 de mayo de 2007
C quería escribir una novela de aventuras con héroes citadinos que descubren planes siniestros para envenenar el agua potable, mujeres secuestradas por alienígenas, chicos que quedan atrapados en los juegos electrónicos, taxistas asesinados por bandas de adolescentes, pero nunca encontraba un sendero preciso por el cual empezar. Se quedaba en las ideas, en los enunciados de las historias, y nada más. Quizás alguna silueta de un personaje, o la descripción de un escenario. Era un creador de proyectos, y hasta pensó en que debía poner una consultoría que tuviere como misión satisfacer las demandas de gente con dinero pero sin ideas, así, pensaba, Podría dejar de una buena vez la maldita universidad. Una vez, por ejemplo, se le ocurrió que abría que ponerle un ojo al Pichincha en cuyas faldas se asienta Quito. Desde la ventana de uno de sus antiguos departamentos podía mirarse un gran claro rodeado por bosques. En ese punto, pensaba C, era posible implementar un conjunto de piedras rojas que simulen el contorno de un ojo. Ya veía él todas las interpretaciones que podrían darse: mensajes de ecologistas, religiosos, políticos, estéticos, cuando lo que quería C era hacerlo solo porque le daba la gana. Luego se imaginó, en vez de piedras, espejos que reflejasen el sol, así su brillo sería permanente, claro esto suponía poner en riesgo a muchos de los curiosos que se quedasen viendo el ojo por mucho tiempo, pero eso no le importaba. Había, eso sí, que solucionar el tema del desplazamiento terrestre, por lo que tendría que diseñar un sistema de movimiento incluido en los espejos, así estos, como los girasoles, se moverían buscando al sol. Claro que este reflejo solo era posible de contemplarse de algunos puntos específicos de la ciudad, pero bueno que hagan algo los que quieren verlo, decía C. Apareció, más tarde, la dificultad de la luz, porque tal como estaba concebido se requería de sol constante, y aunque eso casi nunca era un problema, algunos días a san Pedrito le daba por enviar aguaceros interminables. Dos o tres días seguidos de lluvia serían nefastos, debido a que la memoria de los quiteños era muy frágil, y C no querían que se olviden del ojo. A eso se sumaba las noches que, por razones evidentes, dejaban de lado la maravillosa posibilidad de contemplarlo. Así que dejó de lado los espejos, y diseñó unas piedras de cristal que incluían, cada una, un núcleo luminoso, que se cargaba con enormes paneles sonares, que hacían las veces de pestañas. De tal forma que cada vez que el ojo se cerraba, pocas veces en el día, los baterías se cargaban, y garantizaban un fulgor noctámbulo sin precedentes. Cómo hacerlo, C no tenía más que vagas especulaciones, y creía que sería necesario contratar a un ingeniero, o un estudiante, más o menos talentoso que solucionara todas las contingencias técnicas. Hasta redactó un proyecto que envió a una fundación alemana pero, cuando llevó el sobre al Correo, decidió que dejaría de lado la posibilidad y puso, en el remitente, una dirección inexistente. En otra ocasión pensó que, como una manera de hacer un homenaje al Quijote, se podría realizar un gran espectáculo sonoro que conectase, en tiempo real, a La Mancha, con Quito, Nueva York, París, Tokio, y todos las ciudades que quisiesen unirse a la aventura, a través de señales de radio, que debían ser multiplicadas por todo el mundo. En cada punto habría estrellas del cine con textos par ser leídos. Dulcinea, en la voz de Mery Strep, en Quito, Sancho, con la voz de Depardieu, en París, el Quijote, sería necesario que la contraparte española pusiese el actor para evitar posibles desacuerdos, en La Mancha. Para Rocinante, en Tokio, algunos esos cómicos mexicanos expertos en imitaciones, ya se vería cuál, total aparecen como hongos. Todos, en una interacción cuidadosamente programada, efectuarían sus performances. Así, las palabras del genial escritor podrían juntarse en un inmenso territorio virtual. Otra vez, luego de mirar un documental que cuestionaba la veracidad de la llegada de Amstrong a La luna, pensó que América, Europa, Asia y África podrían, a través de simples acuerdos programáticos, realizar un show de luces. Se necesitaba la decisión política, y el trabajo responsables de los encargados energéticos para llevar adelante la idea que, en términos muy reducidos, consistía en realizar una coreografía de luces que pudiese verse desde una de las sondas espaciales que están girando en torno a La Tierra. Para ello era imprescindible contratar a un coreógrafo especializado en grandes eventos, como lo que se realizan en los graderíos de un estadio cuando se inauguran las Olimpíadas. Debería usar, por ejemplo, a las Américas como gran pizarra para diseñar los modelos, que podrían ser rostros, palabras, objetos a los que, una vez superados los problemas iniciales de coordinación, dotar de movimientos. Para hacer un rostro luminoso, se toma a los Estados Unidos, y ahí a las ciudades de Posodella, Sant Lake, Cheyenne y Edgemon para que conformen los cuatro puntos de un ojo. Luego a Sioux city, Lincon, Chicago y Springfild para formar el otro ojo. No se puede pedir que sean ojos completamente simétricos, no hay que exagerar. La nariz estaría compuesta por Evans, Blanco P. y Santa Fé, la boca por Phoexis, Tucson, El Paso y Wichita Falls. La una oreja, que sería más bien el arete solamente, por Carson city, y la otra por Memphis. Las otras ciudades, que estaban cerca de las seleccionadas, debían cortar completamente el suministro de energía para que el rostro pudiese destacar. Cuando C miró una y otra vez las ciudades escogidas, dudó porque el rostro empezaba a convertirse en una serie de líneas torcidas como las que realiza un niño en sus primeros dibujos. Luego, mientras fumaba un cigarrillo y miraba la luna, reparó que las ciudades se encontraban en diferentes latitudes y, por lo tanto, la noche nos les llegaba al mismo tiempo, y se sintió estúpido. Tomó otro cigarrillo y bebió dos copas de vino. La luna se había perdido entre las nubles. Estaba jugando con el celular cuando terminó por desechar el proyecto continental, y pensó que sería mejor concentrarse en proyectos citadinos. Así sería posible controlar los dispositivos eléctricos de cada casa y barrio. De esta manera sí se podrían diseñar diferentes figuras que pudiesen ser vistas desde el aire. Terminó la última copa de vino, prendió la televisión y empezó a mirar Los Simpson, y se quedó dormido. Cuando despertó el proyecto quedó pegado, junto con las gotas de saliva, a uno de sus almohadones, como todos los otros.
martes, 8 de mayo de 2007
C nunca se consideró un hombre feliz. Aunque en algunas ocasiones creyó encontrar alguna emoción que pudiera clasificarse de alegría, de regocijo, incluso de júbilo, pero este estado casi delirante de felicidad, jamás. A pesar que se dejó llevar por las soluciones que dictaba el mercado y compró televisores, computadoras, video juegos, multimedias, y zapatos de piel de leopardo, pantalones de cuero, abrigos de gamuza, sombreros españoles y bufandas multicolores. Fue a La Habana, Buenos Aires, México, Roma, Florencia, Milán, París, Londres, Lisboa, Tokio, Nueva York, Sydney, Praga, y solo, durante unos breves días, encontró alivio en la Isla Negra. Se costeó masajes, aroma terapias, spas. Se hizo leer las cartas, el tarot, el puro, la borra del café. Fue donde médicos generales, gastroenterólogos, otorrinolaringólogos, neurólogos, homeópatas, oftalmólogos, psiquiatras freudianos, y un lacaniano que le recomendó un colega de la universidad y que garantizaba encontrar la base psicótica de todos los problemas a partir de culpar a otros. El colega lo había hecho así y tenía resuelta toda la vida. Cada vez que recordaba algún dolor de su pasado: la vez que la mamá le pegó delante de sus amigos porque había dicho que en su casa nunca se comía bien, la vez que los otros niños del sexto grado le hicieron vista de ojos y descubrieron su pollito, la vez que su padre le dejó en el suelo cuando le sometió a un interrogatorio sobre sus supuestos conocimientos sobre la vida de Trosky, la vez que su esposa decidió que quería divorciarse porque él era un tarado y le trataba a ella como si fuese su esclava, su perrita faldera, su mosca, y que, según los delirios del colega, había sido porque ella se había enamorado de otro. Cada una de esas veces el colega pensaba en que los otros eran los culpables de sus males: sus compañeros del colegio, su mamá, su papá, el otro que enamora a la esposa a sus espaldas. Así nunca tenía remordimientos consigo mismo, y solo por unas cuantas sesiones que aunque sí resultan caras, le decía, valen la pena, se pagan solitas. Pero a C esto no le llamaba la atención. Prefería quedarse enfermo, como tiempo después lo decidiría para siempre, antes que asumir esa postura de gran señor ofendido, que tenía su colega, sabiendo como él sabía, que el lacaniano le estaba metiendo el dedo, y que, de paso, estaba por terminar el parquet de su departamento con todo el dinero que el colega ganaba en las tres universidades a las que tenía que ir a dar clases. C dijo, Ni de fundas. Y se quedó con su infelicidad, y los breves momentos de disipación, y retomó la senda de su vida. Trató, infructuosamente, de querer a Loló. Después de dejarle en su departamento a las afueras de la ciudad, mientras su ford mercury aguantaba el traqueteo de las calles y la lluvia, C pensó, Cómo no quisiera que mi vida fuese una versión literaria de mi vida, entonces tu serías la verdadera Lolita, en medio de los extravíos alcohólicos, como los de Nicolas Cage, y podría encontrarme contigo, con la delicada lía de tu vientre, y tus senos de durazno, para hacerte mi oscuro objeto de deseo, mi musa, mi femme fatale, y dedicarte todas las noches de insomnio, y masturbarme, una y diez veces, con tu imagen en mi retina, para tratar de encontrar el sueño, pero tu no eres Lolita, porque cada días estás más gorda, te inflas por todas partes, te aprietan los pantalones y la blusa, y tus zapatos parecen dos inmensos tamales, y eres malcriada, perdida en una inteligencia que no termina por desarrollarse, con solo el encanto de tu risa que se parece a la risa de Madona. Y C trataba de recordar si a Madona se le veían las encía sangrantes cuando reía, como se le ven a Loló cuando se deja llevar por sus arranques de risa frenética, idiota. Porque ésta Loló nada tiene ese dulce cinismo con el que seducía la otra Lolita a los viejos profesores. Y eso que C se ha olvidado de esa mañana que Loló usaba unas ridículas binchas plateadas de niña de ocho años, y una chompa de cuerpo que le apretaba más de lo que podría decirse como médicamente recomendado, y que le daba forma de pera, de inmensa pera. A C le aburría tanto estar con Loló, porque siempre le estaba pidiendo besos, y declaraciones de amor en la cola para entrar el cine, mientras venían la película, luego con una cerveza en la mano, y sobre todo, afuera de su departamento, con alguna musiquita romántica de la radio, cogida de la mano, suspirando y susurrándole cositas al oído. A C le llegaba un dolor en la cabeza, en el cuello, y unas ganas de salir corriendo, de bajarle de su carro a patadas, y arrancar a toda velocidad para que la tierra del camino la cubra la cara. Pero seguí con ella porque quería inventarse una historia, porque desde el primer momento que supo su nombre, cuando leía la lista de las nuevas alumna de la facultad de literatura, se dijo a sí mismo, Ya es hora que tenga yo una Lolita cerca de mí, como si ella pudiese activar, de una vez y para todas, el dispositivo que C necesitaba para comenzar a escribir su gran novela. Pero esto nunca ocurrió. Una tarde la llevó a ver una película en su departamento, la desnudó, le apretó contra su pecho, en la búsqueda vana de hallar algo más que su propia necesidad de querer, pero no encontró nada. Estuvo un rato sobre ella fingiendo gozar de su cuerpo de niña gorda. Luego la llevó hasta la esquina para que tomara un taxi y se juró que nunca más la volvería a tocar. Algunas noches cuando alguna amiga le llamaba para salir, dar una vuelta por ahí, comer algo, ir a bailar, que eran todas insinuaciones para luego tener sexo, C se negaba, le daba pereza, prefería quedarse en su casa con un cigarrillo en la mano, y mirar los carros diminutos y las estelas de luz que dejaban en el asfalto mojado. Desde su octavo piso el mundo parecía habitado por seres buenos, amables, casi inocentes. Pero C sabía que era solo un artificio, una capa de maquillaje que cubre la realidad. Ya abajo con la proximidad de cualquier persona le regresaba esa sensación de abatimiento que, en algunos momentos, le impulsaba a la violencia, a las ganas de arremeter contra todos, contra algún inocente, pero siempre su cobardía le impedía caer a patadas a todos los que su base más natural le dictaminaba como una orden. Ese deseo reprimido habría de calar hondamente en la salud de C. A la larga, le había dicho alguno de sus médicos, ese impulso neurótico, que no encontró una válvula de escape, le estaba inundando el cuerpo de mierda. Entonces se dedicaba su tiempo a pensar, decía, ¿Podría definir abatimiento? Tendría que mirarme a mismo hoy frente a un encantamiento solo franqueado por el ruido de los autos, o el batir de las alas de una mariposa, o a la frágil cicatriz que deja un esfero al caer al piso. C no veía nada. Era una de sus alucinaciones, como la de un cubo en que creía entrar de tanto en tanto, como un niño en el armario para ocultarse de su padre borracho.
lunes, 23 de abril de 2007
Hace algunos años C tuvo una etapa de evidente fijación oral. Y se entregó a ella con total convicción. Era un acto responsable con su naturaleza, y con esa necesidad exploratoria que tanto habría querido tener en sus años de adolescencia. Cada vez que bajaba al pubis se hallaba en un estado de exaltación casi gloriosa. Lamía, sorbía, chupaba como un especialista. Un amante profesional que trataba de encontrar las zonas de gozo, con esmero y pulcritud. Usaba lengua, boca, dientes, quijada, nariz, oreja y ojos. Un dedo, dos, tres, cuatro y la mano completa, las manos, las piernas, y el tórax como partes de un cuerpo que podía ser masturbado en su totalidad. Entrando, saliendo, acariciando como un ginecólogo enfermo o un taquidermista. Aceptaba con absoluto agrado todos los aromas que emergían del centro del cuerpo. Se nutría de ellos, olfateando el rastro de todos los amantes anteriores. Su sistema olfativo se desarrolló como el de un perro. Y así se hizo Tombuctú, y le buscaban porque su fama se había extendido por la Mariscal. Arrendó un mini departamento en un palacete, y lo decoró abiertamente kitch. Había una enorme cama en forma de boca, que copió de uno de los diseños de Dalí, y una réplica de El jardín de las delicias, jarras de porcelana china, alfombras persas y otavaleñas, espejos con bordes de mazapán, algunos pubs con forma de sapo, una tina victoriana rodeada de girasoles de plástico y varias decenas de fotografías de rostros de viejos tomados en el centro histórico. Fueron semanas de ardua y deliciosa labor. Para C cada sexo era una piedra que debía ser esculpida. Se creía un Miguel Ángel. Su laboral le acercaba al artista, pero sabía muy bien que no podía serlo porque su acto era una recreación, una simulación breve, que se perdía después del orgasmo y que, aunque duraba a veces algunos días en la memoria, terminaba por perderse. Por su terapia pasaron importantes personalidades de la época: una ministra de turismo, dos concejalas, tres señoras del cuerpo diplomático chino, una famosa diseñadora de ikebana, una millonaria alemana, la violinista rumana invitada para celebrar los cincuenta años de la Sinfónica Nacional, doña Ocampo la primera mujer ecuatoriana en formar parte de la Real Academia de la Lengua, Xanadú la mujer-tigre del Circo de los Hermanos Gasca, Meg Rayan cuando estaba filmando una película sobre la guerrilla colombiana, y claro varias antropólogas, actrices de teatro venidas a menos, ejecutivas estresadas, amas de casa de doble vida, estudiantes rancladas del colegio. Luego llegaron los hombres. C recordó que Gide había dicho algo así como: si uno no se ha metido la polla de un hombre en la boca no ha conocido nada. Decidió explorar esos cuerpos venosos, expansivos. Duros y flexibles. Pajaritos, loritos, cacatúas. Llegaron bailares del Frente de Danza, banqueros yuppis, vendedores de celulares, padres de familia con traje sastre y camisa almidonada, profesores de física y matemáticas en colegios privados, cantantes de la novísima trova, David Linch y un camarógrafo con el que estaba explorando locaciones para su nueva película, Armendáriz un profesor valenciano que se encontraba estudiando la literatura de Ortiz, y Alfonso Cazares el primer ecuatoriano en coronar el Everest sin tanque de oxígeno. Pero C se cansó. Vendió todos los muebles, cuadros, fotos y demás objetos decorativos a una señora del mercado de pulgas, se compró un nuevo celular. Regresó a sus lecturas de Heiddeger, y empezó a fumar chafos, más aterrado que nunca, más solo que nunca, más aburrido que nunca.
viernes, 13 de abril de 2007
C recordó a su abuela, y luego a Loló, y dijo, Cuán ridícula te veías con es cinta plateada en el pelo, porque así te vas de una sola al pasado, pareces mi abuela, o la versión actual que ella tendría a tu edad, si no tuviese noventa años, y una joroba letal, y las manos marchitas, y las piel de vidrio sucio, invadida por las manchas negras del tiempo, pero de ojos fulgurantes, dispuesta siempre a comer, a dejarse atrapar por los aromas de su infancia, y presta también a las lágrimas, a los recuerdos que la acorralan y le dan, algunas tardes, verdaderas palizas, pero tu jamás podrías ser como mi abuela, eres una caricatura de la televisión, una versión femenina de Homero Simpson y, que ridículo me parece, ahí radica tu encanto. Y C tenía razón, porque Loló había destruido el concepto de coquetería, el ideal de la belleza, para convertirse en una ser prosaico como una aspirina. Pero C no tomaba en cuenta que ella hacía una pantomima de sí misma, un disfraz de un disfraz. Y los pantalones anchos, y las blusas apretadas solo mostraban lo que ella quería mostrar: una gordura capaz de tragarse todo el mundo, y la decisión de reírse en la cara de C, de sus conceptos y sus supuestas búsquedas estéticas. C pensaba que no era ya posible salir del estancamiento en el que había caído su vida. Pero se cuestionaba la realidad de esa condición porque, a simple vista, le parecía que todo su desazón era el resultado de una rutina que le aplastaba en el cuello, un día a día que se alejaba de la filosofía, de su carácter divagante y especulativo, para someterlo al cumplimiento de rituales y procedimientos vacíos: despertarse, desayunar, bañarse, vestirse, trabajar en la universidad, almorzar, lavarse los dientes, tomar un café expreso, fumar dos cigarrillos con la televisión prendida, manejar en medio del tráfico quiteño, con solo la música de Callas como consuelo, o Rachmaninov, o Shostakovich, y regresar a la universidad para mirar la inutilidad creciente de sus alumnos, o la mediocridad de sus colegas, envueltos en devaneos sobre las reformas curriculares, o los agasajos navideños, asuntos que C consideraba estupideces, así como las reuniones de áreas de estudios, consejos académicos, juntas de facultad, y pero aún las capacitaciones que, cada inicio de semestre, las autoridades académicas consideraban de trascendental importancia para el desarrollo de nuestra alma máter. C se dejaba arrastrar, como material pétreo, a cada una de esos insoslayables encuentros. Pero se aburría en cada una de las horas. Bostezaba si ocultarlo, abriendo sus fauces de profesor de literatura, hasta que le dolían las amígdalas. A veces encontrar alguna brizna de esperanza en alguna palabra pronunciada le permití largarse de ahí. Entonces, con los ojos puestos en el infinito, se preguntaba, ¿será que ya soy solo una reliquia, una huella más que la vida deja por sus caminos polvorientos, será que me estoy destruyendo, o peor aun, que me estoy desvaneciendo, que solo soy una estatua de sal? Tampoco recordar la belleza, o su versión hecha cuerpo, le importaba. Ni la evocación de todos los cuerpos jóvenes que tuvo entre sus garras, ni los rostros, ni los nombres de quienes se dejaron seducir por los alardes de un discurso retórico, le parecían un alivio. Y peor inclusive era recordar sus cuerpos, el tamaño de sus senos, la forma de sus pezones, los lunares en las barrigas, el grosor de las caderas, las costillas, la forma de las rodillas, de los pies. Antes, cuando C dejaba que la fantasía erótica le sostenga mientras daba clases, imaginaba siempre los pies de sus alumnas, desde los tobillos, el empeine, los dedos, las uñas. En los pies podía resumirse la totalidad de un cuerpo, la personalidad y el carácter con que enfrentaba el mundo una persona en particular. Los dedos pequeños y regordetes mostraban un temperamento alegre, descomplicado, y una decisión firme, pero demostraban también las carencias de una infancia sin padre, y los alardes alcohólicos de una madre. Los dedos alargados y finos dejaban ver la ambición, el cinismo, y una energía sexual capaz de devorarlo todo, un sexo centrífugo. Los dedos planos eran de las chicas ligeras, inteligentes como plumas al viento, y maniáticas en el consumo. Los dedos curvos hacia la izquierda eran de mujeres con fijación oral, bocas succionadoras, dispuestas a llenarse con esperma humana. Los dedos curvos hacia la derecha eran de aquellas ingenuas, soñadoras, y comprensivas. Los dedos con uñas largas y pintadas de rojo eran de personalidades nerviosas, encerradas, casi autistas. Las uñas transparentes y cuidadas de mujeres pulcras, autónomas y despreciables. Las uñas con restos de esmalte, cualquier fuese el color, mostraban personalidades neuróticas. Las uñas pintas de rojo y plateado eran de las esquizofrénicas. Las uñas rotas de las atormentadas, aplastadas, inconstantes. Las obsesivas las tenían uniformes, ajustadas. Había olores ácidos, marinos, a tierra mojada, a pintura de aerosol, a caballo, a hamburguesa, a col, a queso fermentado, a caucho, a cuero. Había sabores dulces, amargos, a jugo de toronja, a jabón perfumado, a detergente para lavadoras, a natas, a perro, a gato, a saliva. Algunos sexos eran velludos, lampiños, con algunos pelitos rubios, encrespados como el mar litoral. Sombríos y ocultos, con perfiles de noche y quebrada andina. Húmedos la mayoría, abiertos. Otros estrechos, infranqueables. Rojos, punzantes como piedras. Calientes y absorbentes. Estos no le gustaban a C porque le sometían a la misma sensación de angustia que vivía en el sauna: el calor que le aplastaba la cabeza, que le escarbaba cada centímetro de piel. Y la necesidad de llevar una toalla blanca a la cintura, como si esa fuese lo suficiente para ocultarlo. Una vez estuvo a punto de morir cuando una mujer entró en el cuarto de sauna y con todo el desparpajo se quitó la toalla. Tenía más de sesenta años. C recordó que así era Devon, una gringa a la conoció diez o quince años atrás, y con la cual tuvo un encuentro sexual poco gratificante, no solo porque el cuerpo de ella mostraba claramente las seis décadas vividas, sino no porque él se encontraba tan borracho que, aunque hubiera preferido, no pudo evitar que Devon le quitase la ropa y le succionara el pene con una desesperación asfixiante. Ahí, con esa imagen espectral de una mujer que no era Devon, pero que se parecía tanto a ella, C se desmayó, por algunos segundos, y cuando regresó a la conciencia vio que encima suyo estaba esa mujer-Devon dándole respiración boca a boca y golpeándole el pecho. Se levantó y mientras batía sus brazos y manos para separarse de la solícita acompañante vio, de reojo, los pelos castaños del sexo. Entonces sí tuvo que contener el vómito y salir de allí a como diera lugar. Afuera, tomó bocanadas de aire para recuperar en algo la angustia. Algunas personas, quizás cinco o diez, estaban sentadas en sillas de plástico cerca de la piscina y regresaron a ver a ese extraño sujeto que, desnudo y sudoroso, procuraba a como diera lugar ocultar una evidente erección.
jueves, 5 de abril de 2007
Algunos días C odia a toda la humanidad. La mayoría de las veces odia a parte de la humanidad. Y tiene ganas de comprarse una pistola, una de esas que vende el capitán Peña en un almacén del centro histórico, justo al lado de la entrada a un colegio de jesuitas. Se necesita solo un número de cédula, y el metálico. Eso sí no hay muchos modelos a escoger. Todos de fabricación artesanal, que provienen de uno de los pueblitos del centro del país. También se puede comprar gas paralizante, cuchillos, navajas, pasamontañas, uniformes militares, botas. Todo lo necesario para armar una pequeña banda de pandilleros. Y como a una cuadra de ahí tiene su oficina el licenciado Caimayo, especialista en sacar cédulas y pasaportes falsos, se puede hacer las gestiones de una sola, matar dos pájaros de un solo tiro. C, piensa, Con un arma puedo salir y disparar contra cualquier cabeza. Cada disparo acertado liberaría la suficiente cuota de adrenalina para que pueda pensar con mayor claridad. Entonces el cerebro de C empezaría a aliviarse de la opresión, las arterias, las venas, los centros nerviosos dejarían de lado ese peso de cemento. Esa sensación de opresión, de llenura que C vivió cuando también gustaba de las grandes comilonas, de la lascivia de la devoración, el encanto de la gula. En la mañana, huevos revueltos, con tocino, carne frita y arroz. Huevos tibios, duros, tortilla. Jugo de naranja, con alfalfa y cerveza. Jugo de mora, tomate, maracuyá, piña, naranjilla, coco, frutillas, Pan de dulce, pan con queso, pan de canela, de trigo, de centeno, de girasol. Tostadas con mantequilla y mermelada de mora, de manzana, de durazno, de pera, de frutilla. Donas revestidas de chocolate, de marjar de leche, con pedacitos de nuez, almendra, maní. Café en leche, en agua, pintado, cortado, americano, capuchino. En el almuerzo, seco de gallina, seco de chivo, llapingachos, carne apanada, churrasco, conejo, cuy, pato asado, papas con maní, locro de papas, de acelgas, de habas, de fideos con queso, de cuero, guatita, sancocho, hornado, fritada, yahuarlocro, motepata, caldo de patas, emborrajados, chochos con chulpi, choclos con queso, pescado frito con menestra y patacones, caldo de vagre, encebollado de bacalao, biche de pescado, encocado, sango de camarón con coco, sopa marinera, ceviche de camarón, concha, mejillones, cangrejos, langosta, langostinos, salmón ahumado, caviar, tortillas de verde, empanadas de viendo, de morocho, molo, corbiche, muchines, tamales, humitas, quesadillas langostinos, chaulafán, tallarín con verduras, cancho agridulce, pollo al curry, rollitos primavera, parrillada argentina con chimichurri, preparados con pimienta, mostaza, comino, ajo, azafrán, achiote, tomillo, ají, nuez moscada, ajonjolí, albahaca, orégano, mostaza, páprika, alcachofa, laurel, anís, apio, azafrán, comino, curry, canela, clavo de olor, cardamomo, paella valenciana, tacos, burritos, enchiladas, shawuarma, pizza con tres quesos, espagueti a la boloñesa, a la carbonara, al pesto, raviolis, canelones, risotto, bacalao a la parrilla, cocido portugués, crepes, ensaladas de brócoli, tomate, lechuga, col, acelgas, champiñones, aceitunas, aguacate, habas, pimientos, zanahoria, papas, yuca, rúcula, berros, espinaca, zuquini, higos con queso, espumilla de frutas, queso de piña, quimbolitos, brazo gitano, manzanas rellenas, mouse de mora, manzana, maracuyá, chirimoya, guayaba, pera, alfeñiques, duraznos o frutillas con crema, flan, colada morada con guaguas de pan, gelatina, ensalada de frutas, torta tres leches, pudín de arroz, torta de nueces, zapallo con panela, toctes, nueces, almendras, pasas, ciruelas, maní, helados de ron con pasas, de macadamia, de tiramisú, de mora con coco, de naranjilla, gaseosas en botella, en lata, energizantes, estimulantes. En la noche, vodka seco, en las rocas, con jugo de naranja, de maracuyá, de piña, wisky, padrino, gin tonic, mojito, martini, margarita, piña colada, alexander, daiquiri, vino, sangría, tequila con sangrita, caipiriña, pisco, tom collins, bloody mary, waikiki, canelazo, drake, puntas, satanás, sex on the beach, pócima de amor, huracán, beso de abeja, cigarrillos rubios, ligth, negros, puros, puritos, habanos, marihuana, coca, base, éxtasis, lsd, crack, heroína. Y, algunos años más tarde, nada, agua, un poco de pan y un guineo, cada día, hasta convertirse en la sombra de lo que fue, ladeado, esmirriado, escuálido, escondido en su propia delgadez, harto de los pliegues colgados en los laterales de la espalda, de la cintura, de las piernas fofas, de los pechos grasientos, del culo inmenso de rinoceronte, de la tos, la gastritis, la úlcera, la colitis, las hemorroides, de la taquicardia, los sudores fríos, el mareo, los dolores de la espalda, el cuello, la cintura, los brazos, las piernas, la cabeza, el mal olor de las axilas, los pies, el aliento, los ojos amarillos, el pelo sin brillo, la piel cenicienta.
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