viernes, 25 de mayo de 2007

C quería escribir una novela de aventuras con héroes citadinos que descubren planes siniestros para envenenar el agua potable, mujeres secuestradas por alienígenas, chicos que quedan atrapados en los juegos electrónicos, taxistas asesinados por bandas de adolescentes, pero nunca encontraba un sendero preciso por el cual empezar. Se quedaba en las ideas, en los enunciados de las historias, y nada más. Quizás alguna silueta de un personaje, o la descripción de un escenario. Era un creador de proyectos, y hasta pensó en que debía poner una consultoría que tuviere como misión satisfacer las demandas de gente con dinero pero sin ideas, así, pensaba, Podría dejar de una buena vez la maldita universidad. Una vez, por ejemplo, se le ocurrió que abría que ponerle un ojo al Pichincha en cuyas faldas se asienta Quito. Desde la ventana de uno de sus antiguos departamentos podía mirarse un gran claro rodeado por bosques. En ese punto, pensaba C, era posible implementar un conjunto de piedras rojas que simulen el contorno de un ojo. Ya veía él todas las interpretaciones que podrían darse: mensajes de ecologistas, religiosos, políticos, estéticos, cuando lo que quería C era hacerlo solo porque le daba la gana. Luego se imaginó, en vez de piedras, espejos que reflejasen el sol, así su brillo sería permanente, claro esto suponía poner en riesgo a muchos de los curiosos que se quedasen viendo el ojo por mucho tiempo, pero eso no le importaba. Había, eso sí, que solucionar el tema del desplazamiento terrestre, por lo que tendría que diseñar un sistema de movimiento incluido en los espejos, así estos, como los girasoles, se moverían buscando al sol. Claro que este reflejo solo era posible de contemplarse de algunos puntos específicos de la ciudad, pero bueno que hagan algo los que quieren verlo, decía C. Apareció, más tarde, la dificultad de la luz, porque tal como estaba concebido se requería de sol constante, y aunque eso casi nunca era un problema, algunos días a san Pedrito le daba por enviar aguaceros interminables. Dos o tres días seguidos de lluvia serían nefastos, debido a que la memoria de los quiteños era muy frágil, y C no querían que se olviden del ojo. A eso se sumaba las noches que, por razones evidentes, dejaban de lado la maravillosa posibilidad de contemplarlo. Así que dejó de lado los espejos, y diseñó unas piedras de cristal que incluían, cada una, un núcleo luminoso, que se cargaba con enormes paneles sonares, que hacían las veces de pestañas. De tal forma que cada vez que el ojo se cerraba, pocas veces en el día, los baterías se cargaban, y garantizaban un fulgor noctámbulo sin precedentes. Cómo hacerlo, C no tenía más que vagas especulaciones, y creía que sería necesario contratar a un ingeniero, o un estudiante, más o menos talentoso que solucionara todas las contingencias técnicas. Hasta redactó un proyecto que envió a una fundación alemana pero, cuando llevó el sobre al Correo, decidió que dejaría de lado la posibilidad y puso, en el remitente, una dirección inexistente. En otra ocasión pensó que, como una manera de hacer un homenaje al Quijote, se podría realizar un gran espectáculo sonoro que conectase, en tiempo real, a La Mancha, con Quito, Nueva York, París, Tokio, y todos las ciudades que quisiesen unirse a la aventura, a través de señales de radio, que debían ser multiplicadas por todo el mundo. En cada punto habría estrellas del cine con textos par ser leídos. Dulcinea, en la voz de Mery Strep, en Quito, Sancho, con la voz de Depardieu, en París, el Quijote, sería necesario que la contraparte española pusiese el actor para evitar posibles desacuerdos, en La Mancha. Para Rocinante, en Tokio, algunos esos cómicos mexicanos expertos en imitaciones, ya se vería cuál, total aparecen como hongos. Todos, en una interacción cuidadosamente programada, efectuarían sus performances. Así, las palabras del genial escritor podrían juntarse en un inmenso territorio virtual. Otra vez, luego de mirar un documental que cuestionaba la veracidad de la llegada de Amstrong a La luna, pensó que América, Europa, Asia y África podrían, a través de simples acuerdos programáticos, realizar un show de luces. Se necesitaba la decisión política, y el trabajo responsables de los encargados energéticos para llevar adelante la idea que, en términos muy reducidos, consistía en realizar una coreografía de luces que pudiese verse desde una de las sondas espaciales que están girando en torno a La Tierra. Para ello era imprescindible contratar a un coreógrafo especializado en grandes eventos, como lo que se realizan en los graderíos de un estadio cuando se inauguran las Olimpíadas. Debería usar, por ejemplo, a las Américas como gran pizarra para diseñar los modelos, que podrían ser rostros, palabras, objetos a los que, una vez superados los problemas iniciales de coordinación, dotar de movimientos. Para hacer un rostro luminoso, se toma a los Estados Unidos, y ahí a las ciudades de Posodella, Sant Lake, Cheyenne y Edgemon para que conformen los cuatro puntos de un ojo. Luego a Sioux city, Lincon, Chicago y Springfild para formar el otro ojo. No se puede pedir que sean ojos completamente simétricos, no hay que exagerar. La nariz estaría compuesta por Evans, Blanco P. y Santa Fé, la boca por Phoexis, Tucson, El Paso y Wichita Falls. La una oreja, que sería más bien el arete solamente, por Carson city, y la otra por Memphis. Las otras ciudades, que estaban cerca de las seleccionadas, debían cortar completamente el suministro de energía para que el rostro pudiese destacar. Cuando C miró una y otra vez las ciudades escogidas, dudó porque el rostro empezaba a convertirse en una serie de líneas torcidas como las que realiza un niño en sus primeros dibujos. Luego, mientras fumaba un cigarrillo y miraba la luna, reparó que las ciudades se encontraban en diferentes latitudes y, por lo tanto, la noche nos les llegaba al mismo tiempo, y se sintió estúpido. Tomó otro cigarrillo y bebió dos copas de vino. La luna se había perdido entre las nubles. Estaba jugando con el celular cuando terminó por desechar el proyecto continental, y pensó que sería mejor concentrarse en proyectos citadinos. Así sería posible controlar los dispositivos eléctricos de cada casa y barrio. De esta manera sí se podrían diseñar diferentes figuras que pudiesen ser vistas desde el aire. Terminó la última copa de vino, prendió la televisión y empezó a mirar Los Simpson, y se quedó dormido. Cuando despertó el proyecto quedó pegado, junto con las gotas de saliva, a uno de sus almohadones, como todos los otros.

martes, 8 de mayo de 2007

C nunca se consideró un hombre feliz. Aunque en algunas ocasiones creyó encontrar alguna emoción que pudiera clasificarse de alegría, de regocijo, incluso de júbilo, pero este estado casi delirante de felicidad, jamás. A pesar que se dejó llevar por las soluciones que dictaba el mercado y compró televisores, computadoras, video juegos, multimedias, y zapatos de piel de leopardo, pantalones de cuero, abrigos de gamuza, sombreros españoles y bufandas multicolores. Fue a La Habana, Buenos Aires, México, Roma, Florencia, Milán, París, Londres, Lisboa, Tokio, Nueva York, Sydney, Praga, y solo, durante unos breves días, encontró alivio en la Isla Negra. Se costeó masajes, aroma terapias, spas. Se hizo leer las cartas, el tarot, el puro, la borra del café. Fue donde médicos generales, gastroenterólogos, otorrinolaringólogos, neurólogos, homeópatas, oftalmólogos, psiquiatras freudianos, y un lacaniano que le recomendó un colega de la universidad y que garantizaba encontrar la base psicótica de todos los problemas a partir de culpar a otros. El colega lo había hecho así y tenía resuelta toda la vida. Cada vez que recordaba algún dolor de su pasado: la vez que la mamá le pegó delante de sus amigos porque había dicho que en su casa nunca se comía bien, la vez que los otros niños del sexto grado le hicieron vista de ojos y descubrieron su pollito, la vez que su padre le dejó en el suelo cuando le sometió a un interrogatorio sobre sus supuestos conocimientos sobre la vida de Trosky, la vez que su esposa decidió que quería divorciarse porque él era un tarado y le trataba a ella como si fuese su esclava, su perrita faldera, su mosca, y que, según los delirios del colega, había sido porque ella se había enamorado de otro. Cada una de esas veces el colega pensaba en que los otros eran los culpables de sus males: sus compañeros del colegio, su mamá, su papá, el otro que enamora a la esposa a sus espaldas. Así nunca tenía remordimientos consigo mismo, y solo por unas cuantas sesiones que aunque sí resultan caras, le decía, valen la pena, se pagan solitas. Pero a C esto no le llamaba la atención. Prefería quedarse enfermo, como tiempo después lo decidiría para siempre, antes que asumir esa postura de gran señor ofendido, que tenía su colega, sabiendo como él sabía, que el lacaniano le estaba metiendo el dedo, y que, de paso, estaba por terminar el parquet de su departamento con todo el dinero que el colega ganaba en las tres universidades a las que tenía que ir a dar clases. C dijo, Ni de fundas. Y se quedó con su infelicidad, y los breves momentos de disipación, y retomó la senda de su vida. Trató, infructuosamente, de querer a Loló. Después de dejarle en su departamento a las afueras de la ciudad, mientras su ford mercury aguantaba el traqueteo de las calles y la lluvia, C pensó, Cómo no quisiera que mi vida fuese una versión literaria de mi vida, entonces tu serías la verdadera Lolita, en medio de los extravíos alcohólicos, como los de Nicolas Cage, y podría encontrarme contigo, con la delicada lía de tu vientre, y tus senos de durazno, para hacerte mi oscuro objeto de deseo, mi musa, mi femme fatale, y dedicarte todas las noches de insomnio, y masturbarme, una y diez veces, con tu imagen en mi retina, para tratar de encontrar el sueño, pero tu no eres Lolita, porque cada días estás más gorda, te inflas por todas partes, te aprietan los pantalones y la blusa, y tus zapatos parecen dos inmensos tamales, y eres malcriada, perdida en una inteligencia que no termina por desarrollarse, con solo el encanto de tu risa que se parece a la risa de Madona. Y C trataba de recordar si a Madona se le veían las encía sangrantes cuando reía, como se le ven a Loló cuando se deja llevar por sus arranques de risa frenética, idiota. Porque ésta Loló nada tiene ese dulce cinismo con el que seducía la otra Lolita a los viejos profesores. Y eso que C se ha olvidado de esa mañana que Loló usaba unas ridículas binchas plateadas de niña de ocho años, y una chompa de cuerpo que le apretaba más de lo que podría decirse como médicamente recomendado, y que le daba forma de pera, de inmensa pera. A C le aburría tanto estar con Loló, porque siempre le estaba pidiendo besos, y declaraciones de amor en la cola para entrar el cine, mientras venían la película, luego con una cerveza en la mano, y sobre todo, afuera de su departamento, con alguna musiquita romántica de la radio, cogida de la mano, suspirando y susurrándole cositas al oído. A C le llegaba un dolor en la cabeza, en el cuello, y unas ganas de salir corriendo, de bajarle de su carro a patadas, y arrancar a toda velocidad para que la tierra del camino la cubra la cara. Pero seguí con ella porque quería inventarse una historia, porque desde el primer momento que supo su nombre, cuando leía la lista de las nuevas alumna de la facultad de literatura, se dijo a sí mismo, Ya es hora que tenga yo una Lolita cerca de mí, como si ella pudiese activar, de una vez y para todas, el dispositivo que C necesitaba para comenzar a escribir su gran novela. Pero esto nunca ocurrió. Una tarde la llevó a ver una película en su departamento, la desnudó, le apretó contra su pecho, en la búsqueda vana de hallar algo más que su propia necesidad de querer, pero no encontró nada. Estuvo un rato sobre ella fingiendo gozar de su cuerpo de niña gorda. Luego la llevó hasta la esquina para que tomara un taxi y se juró que nunca más la volvería a tocar. Algunas noches cuando alguna amiga le llamaba para salir, dar una vuelta por ahí, comer algo, ir a bailar, que eran todas insinuaciones para luego tener sexo, C se negaba, le daba pereza, prefería quedarse en su casa con un cigarrillo en la mano, y mirar los carros diminutos y las estelas de luz que dejaban en el asfalto mojado. Desde su octavo piso el mundo parecía habitado por seres buenos, amables, casi inocentes. Pero C sabía que era solo un artificio, una capa de maquillaje que cubre la realidad. Ya abajo con la proximidad de cualquier persona le regresaba esa sensación de abatimiento que, en algunos momentos, le impulsaba a la violencia, a las ganas de arremeter contra todos, contra algún inocente, pero siempre su cobardía le impedía caer a patadas a todos los que su base más natural le dictaminaba como una orden. Ese deseo reprimido habría de calar hondamente en la salud de C. A la larga, le había dicho alguno de sus médicos, ese impulso neurótico, que no encontró una válvula de escape, le estaba inundando el cuerpo de mierda. Entonces se dedicaba su tiempo a pensar, decía, ¿Podría definir abatimiento? Tendría que mirarme a mismo hoy frente a un encantamiento solo franqueado por el ruido de los autos, o el batir de las alas de una mariposa, o a la frágil cicatriz que deja un esfero al caer al piso. C no veía nada. Era una de sus alucinaciones, como la de un cubo en que creía entrar de tanto en tanto, como un niño en el armario para ocultarse de su padre borracho.

lunes, 23 de abril de 2007

Hace algunos años C tuvo una etapa de evidente fijación oral. Y se entregó a ella con total convicción. Era un acto responsable con su naturaleza, y con esa necesidad exploratoria que tanto habría querido tener en sus años de adolescencia. Cada vez que bajaba al pubis se hallaba en un estado de exaltación casi gloriosa. Lamía, sorbía, chupaba como un especialista. Un amante profesional que trataba de encontrar las zonas de gozo, con esmero y pulcritud. Usaba lengua, boca, dientes, quijada, nariz, oreja y ojos. Un dedo, dos, tres, cuatro y la mano completa, las manos, las piernas, y el tórax como partes de un cuerpo que podía ser masturbado en su totalidad. Entrando, saliendo, acariciando como un ginecólogo enfermo o un taquidermista. Aceptaba con absoluto agrado todos los aromas que emergían del centro del cuerpo. Se nutría de ellos, olfateando el rastro de todos los amantes anteriores. Su sistema olfativo se desarrolló como el de un perro. Y así se hizo Tombuctú, y le buscaban porque su fama se había extendido por la Mariscal. Arrendó un mini departamento en un palacete, y lo decoró abiertamente kitch. Había una enorme cama en forma de boca, que copió de uno de los diseños de Dalí, y una réplica de El jardín de las delicias, jarras de porcelana china, alfombras persas y otavaleñas, espejos con bordes de mazapán, algunos pubs con forma de sapo, una tina victoriana rodeada de girasoles de plástico y varias decenas de fotografías de rostros de viejos tomados en el centro histórico. Fueron semanas de ardua y deliciosa labor. Para C cada sexo era una piedra que debía ser esculpida. Se creía un Miguel Ángel. Su laboral le acercaba al artista, pero sabía muy bien que no podía serlo porque su acto era una recreación, una simulación breve, que se perdía después del orgasmo y que, aunque duraba a veces algunos días en la memoria, terminaba por perderse. Por su terapia pasaron importantes personalidades de la época: una ministra de turismo, dos concejalas, tres señoras del cuerpo diplomático chino, una famosa diseñadora de ikebana, una millonaria alemana, la violinista rumana invitada para celebrar los cincuenta años de la Sinfónica Nacional, doña Ocampo la primera mujer ecuatoriana en formar parte de la Real Academia de la Lengua, Xanadú la mujer-tigre del Circo de los Hermanos Gasca, Meg Rayan cuando estaba filmando una película sobre la guerrilla colombiana, y claro varias antropólogas, actrices de teatro venidas a menos, ejecutivas estresadas, amas de casa de doble vida, estudiantes rancladas del colegio. Luego llegaron los hombres. C recordó que Gide había dicho algo así como: si uno no se ha metido la polla de un hombre en la boca no ha conocido nada. Decidió explorar esos cuerpos venosos, expansivos. Duros y flexibles. Pajaritos, loritos, cacatúas. Llegaron bailares del Frente de Danza, banqueros yuppis, vendedores de celulares, padres de familia con traje sastre y camisa almidonada, profesores de física y matemáticas en colegios privados, cantantes de la novísima trova, David Linch y un camarógrafo con el que estaba explorando locaciones para su nueva película, Armendáriz un profesor valenciano que se encontraba estudiando la literatura de Ortiz, y Alfonso Cazares el primer ecuatoriano en coronar el Everest sin tanque de oxígeno. Pero C se cansó. Vendió todos los muebles, cuadros, fotos y demás objetos decorativos a una señora del mercado de pulgas, se compró un nuevo celular. Regresó a sus lecturas de Heiddeger, y empezó a fumar chafos, más aterrado que nunca, más solo que nunca, más aburrido que nunca.

viernes, 13 de abril de 2007

C recordó a su abuela, y luego a Loló, y dijo, Cuán ridícula te veías con es cinta plateada en el pelo, porque así te vas de una sola al pasado, pareces mi abuela, o la versión actual que ella tendría a tu edad, si no tuviese noventa años, y una joroba letal, y las manos marchitas, y las piel de vidrio sucio, invadida por las manchas negras del tiempo, pero de ojos fulgurantes, dispuesta siempre a comer, a dejarse atrapar por los aromas de su infancia, y presta también a las lágrimas, a los recuerdos que la acorralan y le dan, algunas tardes, verdaderas palizas, pero tu jamás podrías ser como mi abuela, eres una caricatura de la televisión, una versión femenina de Homero Simpson y, que ridículo me parece, ahí radica tu encanto. Y C tenía razón, porque Loló había destruido el concepto de coquetería, el ideal de la belleza, para convertirse en una ser prosaico como una aspirina. Pero C no tomaba en cuenta que ella hacía una pantomima de sí misma, un disfraz de un disfraz. Y los pantalones anchos, y las blusas apretadas solo mostraban lo que ella quería mostrar: una gordura capaz de tragarse todo el mundo, y la decisión de reírse en la cara de C, de sus conceptos y sus supuestas búsquedas estéticas. C pensaba que no era ya posible salir del estancamiento en el que había caído su vida. Pero se cuestionaba la realidad de esa condición porque, a simple vista, le parecía que todo su desazón era el resultado de una rutina que le aplastaba en el cuello, un día a día que se alejaba de la filosofía, de su carácter divagante y especulativo, para someterlo al cumplimiento de rituales y procedimientos vacíos: despertarse, desayunar, bañarse, vestirse, trabajar en la universidad, almorzar, lavarse los dientes, tomar un café expreso, fumar dos cigarrillos con la televisión prendida, manejar en medio del tráfico quiteño, con solo la música de Callas como consuelo, o Rachmaninov, o Shostakovich, y regresar a la universidad para mirar la inutilidad creciente de sus alumnos, o la mediocridad de sus colegas, envueltos en devaneos sobre las reformas curriculares, o los agasajos navideños, asuntos que C consideraba estupideces, así como las reuniones de áreas de estudios, consejos académicos, juntas de facultad, y pero aún las capacitaciones que, cada inicio de semestre, las autoridades académicas consideraban de trascendental importancia para el desarrollo de nuestra alma máter. C se dejaba arrastrar, como material pétreo, a cada una de esos insoslayables encuentros. Pero se aburría en cada una de las horas. Bostezaba si ocultarlo, abriendo sus fauces de profesor de literatura, hasta que le dolían las amígdalas. A veces encontrar alguna brizna de esperanza en alguna palabra pronunciada le permití largarse de ahí. Entonces, con los ojos puestos en el infinito, se preguntaba, ¿será que ya soy solo una reliquia, una huella más que la vida deja por sus caminos polvorientos, será que me estoy destruyendo, o peor aun, que me estoy desvaneciendo, que solo soy una estatua de sal? Tampoco recordar la belleza, o su versión hecha cuerpo, le importaba. Ni la evocación de todos los cuerpos jóvenes que tuvo entre sus garras, ni los rostros, ni los nombres de quienes se dejaron seducir por los alardes de un discurso retórico, le parecían un alivio. Y peor inclusive era recordar sus cuerpos, el tamaño de sus senos, la forma de sus pezones, los lunares en las barrigas, el grosor de las caderas, las costillas, la forma de las rodillas, de los pies. Antes, cuando C dejaba que la fantasía erótica le sostenga mientras daba clases, imaginaba siempre los pies de sus alumnas, desde los tobillos, el empeine, los dedos, las uñas. En los pies podía resumirse la totalidad de un cuerpo, la personalidad y el carácter con que enfrentaba el mundo una persona en particular. Los dedos pequeños y regordetes mostraban un temperamento alegre, descomplicado, y una decisión firme, pero demostraban también las carencias de una infancia sin padre, y los alardes alcohólicos de una madre. Los dedos alargados y finos dejaban ver la ambición, el cinismo, y una energía sexual capaz de devorarlo todo, un sexo centrífugo. Los dedos planos eran de las chicas ligeras, inteligentes como plumas al viento, y maniáticas en el consumo. Los dedos curvos hacia la izquierda eran de mujeres con fijación oral, bocas succionadoras, dispuestas a llenarse con esperma humana. Los dedos curvos hacia la derecha eran de aquellas ingenuas, soñadoras, y comprensivas. Los dedos con uñas largas y pintadas de rojo eran de personalidades nerviosas, encerradas, casi autistas. Las uñas transparentes y cuidadas de mujeres pulcras, autónomas y despreciables. Las uñas con restos de esmalte, cualquier fuese el color, mostraban personalidades neuróticas. Las uñas pintas de rojo y plateado eran de las esquizofrénicas. Las uñas rotas de las atormentadas, aplastadas, inconstantes. Las obsesivas las tenían uniformes, ajustadas. Había olores ácidos, marinos, a tierra mojada, a pintura de aerosol, a caballo, a hamburguesa, a col, a queso fermentado, a caucho, a cuero. Había sabores dulces, amargos, a jugo de toronja, a jabón perfumado, a detergente para lavadoras, a natas, a perro, a gato, a saliva. Algunos sexos eran velludos, lampiños, con algunos pelitos rubios, encrespados como el mar litoral. Sombríos y ocultos, con perfiles de noche y quebrada andina. Húmedos la mayoría, abiertos. Otros estrechos, infranqueables. Rojos, punzantes como piedras. Calientes y absorbentes. Estos no le gustaban a C porque le sometían a la misma sensación de angustia que vivía en el sauna: el calor que le aplastaba la cabeza, que le escarbaba cada centímetro de piel. Y la necesidad de llevar una toalla blanca a la cintura, como si esa fuese lo suficiente para ocultarlo. Una vez estuvo a punto de morir cuando una mujer entró en el cuarto de sauna y con todo el desparpajo se quitó la toalla. Tenía más de sesenta años. C recordó que así era Devon, una gringa a la conoció diez o quince años atrás, y con la cual tuvo un encuentro sexual poco gratificante, no solo porque el cuerpo de ella mostraba claramente las seis décadas vividas, sino no porque él se encontraba tan borracho que, aunque hubiera preferido, no pudo evitar que Devon le quitase la ropa y le succionara el pene con una desesperación asfixiante. Ahí, con esa imagen espectral de una mujer que no era Devon, pero que se parecía tanto a ella, C se desmayó, por algunos segundos, y cuando regresó a la conciencia vio que encima suyo estaba esa mujer-Devon dándole respiración boca a boca y golpeándole el pecho. Se levantó y mientras batía sus brazos y manos para separarse de la solícita acompañante vio, de reojo, los pelos castaños del sexo. Entonces sí tuvo que contener el vómito y salir de allí a como diera lugar. Afuera, tomó bocanadas de aire para recuperar en algo la angustia. Algunas personas, quizás cinco o diez, estaban sentadas en sillas de plástico cerca de la piscina y regresaron a ver a ese extraño sujeto que, desnudo y sudoroso, procuraba a como diera lugar ocultar una evidente erección.

jueves, 5 de abril de 2007

Algunos días C odia a toda la humanidad. La mayoría de las veces odia a parte de la humanidad. Y tiene ganas de comprarse una pistola, una de esas que vende el capitán Peña en un almacén del centro histórico, justo al lado de la entrada a un colegio de jesuitas. Se necesita solo un número de cédula, y el metálico. Eso sí no hay muchos modelos a escoger. Todos de fabricación artesanal, que provienen de uno de los pueblitos del centro del país. También se puede comprar gas paralizante, cuchillos, navajas, pasamontañas, uniformes militares, botas. Todo lo necesario para armar una pequeña banda de pandilleros. Y como a una cuadra de ahí tiene su oficina el licenciado Caimayo, especialista en sacar cédulas y pasaportes falsos, se puede hacer las gestiones de una sola, matar dos pájaros de un solo tiro. C, piensa, Con un arma puedo salir y disparar contra cualquier cabeza. Cada disparo acertado liberaría la suficiente cuota de adrenalina para que pueda pensar con mayor claridad. Entonces el cerebro de C empezaría a aliviarse de la opresión, las arterias, las venas, los centros nerviosos dejarían de lado ese peso de cemento. Esa sensación de opresión, de llenura que C vivió cuando también gustaba de las grandes comilonas, de la lascivia de la devoración, el encanto de la gula. En la mañana, huevos revueltos, con tocino, carne frita y arroz. Huevos tibios, duros, tortilla. Jugo de naranja, con alfalfa y cerveza. Jugo de mora, tomate, maracuyá, piña, naranjilla, coco, frutillas, Pan de dulce, pan con queso, pan de canela, de trigo, de centeno, de girasol. Tostadas con mantequilla y mermelada de mora, de manzana, de durazno, de pera, de frutilla. Donas revestidas de chocolate, de marjar de leche, con pedacitos de nuez, almendra, maní. Café en leche, en agua, pintado, cortado, americano, capuchino. En el almuerzo, seco de gallina, seco de chivo, llapingachos, carne apanada, churrasco, conejo, cuy, pato asado, papas con maní, locro de papas, de acelgas, de habas, de fideos con queso, de cuero, guatita, sancocho, hornado, fritada, yahuarlocro, motepata, caldo de patas, emborrajados, chochos con chulpi, choclos con queso, pescado frito con menestra y patacones, caldo de vagre, encebollado de bacalao, biche de pescado, encocado, sango de camarón con coco, sopa marinera, ceviche de camarón, concha, mejillones, cangrejos, langosta, langostinos, salmón ahumado, caviar, tortillas de verde, empanadas de viendo, de morocho, molo, corbiche, muchines, tamales, humitas, quesadillas langostinos, chaulafán, tallarín con verduras, cancho agridulce, pollo al curry, rollitos primavera, parrillada argentina con chimichurri, preparados con pimienta, mostaza, comino, ajo, azafrán, achiote, tomillo, ají, nuez moscada, ajonjolí, albahaca, orégano, mostaza, páprika, alcachofa, laurel, anís, apio, azafrán, comino, curry, canela, clavo de olor, cardamomo, paella valenciana, tacos, burritos, enchiladas, shawuarma, pizza con tres quesos, espagueti a la boloñesa, a la carbonara, al pesto, raviolis, canelones, risotto, bacalao a la parrilla, cocido portugués, crepes, ensaladas de brócoli, tomate, lechuga, col, acelgas, champiñones, aceitunas, aguacate, habas, pimientos, zanahoria, papas, yuca, rúcula, berros, espinaca, zuquini, higos con queso, espumilla de frutas, queso de piña, quimbolitos, brazo gitano, manzanas rellenas, mouse de mora, manzana, maracuyá, chirimoya, guayaba, pera, alfeñiques, duraznos o frutillas con crema, flan, colada morada con guaguas de pan, gelatina, ensalada de frutas, torta tres leches, pudín de arroz, torta de nueces, zapallo con panela, toctes, nueces, almendras, pasas, ciruelas, maní, helados de ron con pasas, de macadamia, de tiramisú, de mora con coco, de naranjilla, gaseosas en botella, en lata, energizantes, estimulantes. En la noche, vodka seco, en las rocas, con jugo de naranja, de maracuyá, de piña, wisky, padrino, gin tonic, mojito, martini, margarita, piña colada, alexander, daiquiri, vino, sangría, tequila con sangrita, caipiriña, pisco, tom collins, bloody mary, waikiki, canelazo, drake, puntas, satanás, sex on the beach, pócima de amor, huracán, beso de abeja, cigarrillos rubios, ligth, negros, puros, puritos, habanos, marihuana, coca, base, éxtasis, lsd, crack, heroína. Y, algunos años más tarde, nada, agua, un poco de pan y un guineo, cada día, hasta convertirse en la sombra de lo que fue, ladeado, esmirriado, escuálido, escondido en su propia delgadez, harto de los pliegues colgados en los laterales de la espalda, de la cintura, de las piernas fofas, de los pechos grasientos, del culo inmenso de rinoceronte, de la tos, la gastritis, la úlcera, la colitis, las hemorroides, de la taquicardia, los sudores fríos, el mareo, los dolores de la espalda, el cuello, la cintura, los brazos, las piernas, la cabeza, el mal olor de las axilas, los pies, el aliento, los ojos amarillos, el pelo sin brillo, la piel cenicienta.

martes, 27 de marzo de 2007

La vida inconclusa del señor C

Cuando despertó el aburrimiento seguía allí. Pensó, ¿En qué momento de la vida se halla uno cuando el deseo desfallece, y se destruye a sí mismo, se consume rápidamente, fungible y deteriorado como una mascota abandonada? Eso era C, o así se sentía: acorralado por los desplantes de su sexualidad agotada. Un cuerpo cansado. Un perro débil, flacucho y hambriento. Pero no le importaba. La proximidad de una huída, de una escapatoria definitiva de la realidad le daba consuelo. Tampoco es que pudiese definir tajantemente que se encontraba en una cárcel. Era tal vez, me aventuro a decir, un estado de desconcierto, de incapacidad de plantearse la vida, o su sentido, como la vida misma. Y, sin embargo, ese C que todos conocíamos tendría que desaparecer. ¿Otra vez debía convertirse en una fantasma que deambula sin ton ni son? O dejar que su camino ineludible terminase por llevarlo al infierno. Un camino que le resultaba, aunque suena paradójico, gozoso, entrañable, complaciente. Y eso lo sabía porque hasta los últimos minutos mantuvo la lucidez, ese estado de plenitud de la razón, o de una versión convencional que tenemos de ella. C se creía un ser iluminado, y se reía de su suerte. Así su descenso era un hecho de gloria. Su vida fue un divertimento, una historia breve plagada de lugares comunes, un flash en medio de la oscuridad, y sin embargo, fue total, un diminuto encuentro con la plenitud. Pensó, Parece que la vida, o al menos la idea que yo tengo de ella me lleva a un abismo, al desarraigo de mi mismo, aunque eso quizás no suponga necesariamente un quiebre. Talvez pueda encontrar una planicie, una visión maravillosa que me aleje de estas montañas, que me permite encontrar lo que está más allá, un paisaje, un pedazo de tierra mío aunque sea solo una alucinación. Así se quedó C un momento. Luego, pensó, ¿De qué servirían, si no, los rostros y las voces? Y C tenía razón, porque era imposible imaginar un mundo que no fuese este mismo, un territorio que el azar dicte para inventar otro estado que no sea este eterno aburrimiento.
Por eso decidió ser escritor, o pretendió serlo, pero de una escritura que le aleja del mundo, una renuncia por tanto a la propia realidad. Y así siguió todos los días de la vida, tratando de empezar a escribir una novela que nunca empieza. En ese ejercicio diario C tuvo, por algunos momentos, la certeza de hallarse en un sendero desprovisto de los agobios que la rutina del mundo moderno le proponían. Se olvidaba de sí mismo, que es decir de todo. Para C la literatura asumió la tutela que antes había tenido el psicoanálisis. Pensó, Si el psicoanálisis es el momento de la verdad en que el paciente puede abrazar a su monstruo, entonces mi monstruo no se deja coger, me huye, se esconde en el bosque, y es mi lobo, desdoblado y siniestro, pero bello. C dejó el mundo. Renunció a su trabajo como profesor universitario. Vendió sus pertenencias. Alquiló un pequeño hueco en el centro histórico. Compró vodka, cigarrillos, atún en conserva, arroz, fideos, sal, café y azúcar, para varios meses. Y decidió que iba a dejar de existir. Puso un letrero invisible de no molestar en la puerta. Así dejó lo que todos denominamos un comportamiento civilizado para dar paso a su corazón salvaje. ¿Quiso de esta forma regresar a un aparente estado primitivo? De ser así habría que pensar en lo que supone ciertamente lo moderno, la civilización o la barbarie, Eros y Thanatos. Pensó, ¿Qué es lo abominable: un hechizo, una hipnosis que surge de la mi propia voluntad? Se refería al permanente estado de enfermedad en que había decidido, en principio, dejarse estar, dejarse ir. Un estado de postración sin diagnóstico capaz de adivinar los motivos de su decisión. Simplemente estaba enfermo y punto. Pero, además, no quería curarse. De esto sí era conciente, quizás no de cuando ni por qué razones había creído dejar de lado el ideal moderno de la salud, pero sí recordaba que una tarde, después de la cinco de la tarde, mientras se hallaba en un centro comercial atiborrado de gente, pensó que debía alejarse definitivamente del mundo, de esa forma de mundo que gobernaba las relaciones humanas, y la mejor manera era asumirse como un enfermo. ¿Alguien podrá definir a este errante C, desnudo ya de los signos que le da la vida decente, el éxito y el prestigio? A lo mejor sería preciso recordar las horas posteriores a esas cinco de la tarde cuando apareció entre las calles y las luces dislocadas de la ciudad la silueta vagabunda de C. Pensó, Será necesario registrar los eventos de la ciudad, la nueva versión de los hechos. Y así lo hizo, los días siguientes, los meses siguientes, antes de encerrarse para siempre en un viejo y húmedo cuartucho del centro histórico, y empezó a reconocer todos los eventos de los que había sido testigo directo, circunstancial, o mero oyente. Y los guardó en la memoria. Pero no se consideraba un cronista, para C la historia no le atravesaba, se posaba sobre él como lo hace una mosca sobre la basura.
Algunos días a C le asaltaba la muerte. Esa idea le esperaba escondida entre el follaje, como un bandido, dispuesta a rebanarle el pescuezo por unos cuantos dólares que, estoy casi seguro, no llevaba en ese momento. Se quedaba así durante horas. Entonces C pensaba, La muerte es un estado de dulce espera, de una espera que desespera y que encanta. La idea de morir anula la tortura que implica despertarse cada día. Pero C no quiere un suicidio, sino una parodia del suicida. Algo así como un ahorcamiento en la plaza pública, o la guillotina, o frente al pelotón. Vestido para la ocasión, como la haría Montalvo. Quiero eso: Un traje de gala, aunque sucio y raído, y no la desnudez. Le aterra desfilar ante los ojos de Dios así desnudo, aunque así llegó al mundo. Por eso odia a las mujeres que se desnudaron en el Congreso de los Estados Unidos. Repudia la desnudez, no de ellas en particular, sino de todos. Las fotos de colectivos desnudos que se fotografían en las plazas del mundo. Los hinchas que saltan la barrera de protección en los estadios de fútbol. Los viejos decrépitos que muestran, orondamente, sus apéndices caídos, y las viejas que no se avergüenzan de sus tetas chorreadas, en las playas nudistas. También los cuerpos lustrosos en las mismas playas, porque desprecia ese desparpajo de la eterna juventud. Odia los tabledance, las mujeres que se cuelgan de los tubos y sus bailes de seducción comercial. Odia mirar a los bebés desnudos, sobre todo cuando les cambian los pañales y pasan, benditos padres, trapitos mojados sobre sus pequeños sexos. Pero lo que más detesta es el conjunto de cuerpos desnudos atrapados, en un dolor silencioso, en las fosas comunes de Argentina, Chile, Bolivia. Porque odia la desnudez que deviene de la guerra. El desprendimiento de la individualidad. Y los muertos que cuelgan en fotografías en los museos de Auschwitz, la niña que corre desnuda mientras Hiroshima empieza a arder, los cadáveres de los iraquíes torturados por los marines, los cuerpos que registra la crónica roja de la televisión. El cuerpo desnudo le provoca asco. Había que precisar que tampoco le gusta verse desnudo, menos aun frente a un espejo, por eso C nunca tuvo espejos. De niño tenía pavor de ir a la peluquería y su mamá tenía la costumbre de llevarlo a finales de cada mes. Le decía, así empiezas el nuevo mes con nuevos aire, mijo. Ahí, con las manos enormes y venosas del peluquero el niño C quería morir. O escapar, que es una forma de morir. Miraba la navaja 4 con la que le dejaba casi pelado, y se imaginaba que le cortaba el cuello al peluquero. La sangre roja, tan roja, tan linda cubriendo la camisa blanca, la silla, el suelo. Y saliendo por la puerta, recorriendo las calles adoquinadas de su ciudad, que era más bien un pueblo, las plazas y monumentos, los parques y los juegos infantiles, los árboles, las flores, los sombreros que, en esa época, todavía se vendían en las aceras. La sangre libre hasta llegar al río, y mezclarse con el agua de los otros ríos que convergen en el pueblito de las montañas australes. C acepta el desnudo pornográfico. Porque le parece el más ruin de todos, y por eso mismo, el más puro. Pero el de Garganta Profunda. No el de los millones de links que se apiñan en internet. A C no le gusta ese desnudo provisto de una falsa desnudez de la iconografía religiosa. Esos cristos sangrantes, apenas cubiertos en su sexualidad humana, que cuelgan de la cruz. O las gordas rozagantes de Rubens. Ni la Maja desnuda, ni Gala, ni las de Botero. Tampoco Marilyn Monroe cuando era una adolescente dispuesta a todo, ni Madona siquiera, aunque hace algunos años disfrutaba de sus canciones, era su época pop. Y tenía jeans tubo, y camisetas blancas y hasta una chompa de cuero. Y andaba loco por comprarse uno de esos sombreritos tan típicos de los videos. Le gustaba Laura Branigan. Ese era su sueño adolescente. Con ella, con si imagen proyectada miles de veces en su cabeza, torturó a su monstrito, y no le importó escuchar un conversación de dos señoras que iban en un bus, y que hablaban de los encerronas en el baño de uno de sus hijos, las llamadas de atención, Qué es hijito hasta qué hora te quedas en el baño, y el guambra nada que quiere salir, y golpeaba la puerta hasta que los nudillos me dolían, y nada que el guambra sale, qué tan estará haciendo, y luego, como si nada, aparece en la cocina a comer como loco, y la otra señora, qué es pues Sofiíta, no sabe que a esas edad los guambras se meten en el baño a hacer cosas de hombres, pero no hay que dejarles que abusen, una como madre debe poner un freno, y es preferible hasta que busquen con quién iniciarse, alguna de las longas que trabajan de domésticas en las casas, esas son buenas para eso, pero debe evitar como pueda, doña Sofiíta, que su chico se quede loco, porque cuando están así horas de horas en sus cositas he oído que empiezan a ver visiones y todo, es muy grave, no se crea. Pero el adolescente C hizo como que no escuchó. Se bajó del bus y pensó, ¿Y si es verdad que uno se queda medio jil? Caminó por las mismas calles de siempre. Entró en los juegos electrónicos, y por tres horas se olvidó de esas dudas. Ahí concentrado en Cobra Comand se creía una piloto experto cuya misión era derribar a todos los aviones enemigos del mundo. Pero cuando empezó a ir a su casa, otra vez la idea regresó, ¿Y si me quedo lelo? Prendió un cigarrillo y metió las manos en los bolsillos. Con la derecha jugaba con algunas monedas, con la izquierda se acariciaba al disimulo. Antes de llegar a la casa sacó una menta y entró. La madre lo vio pasar como un sonámbulo. Sentarse unos minutos en la sala, frente al televisor, coger un periódico y mirar a Dick Tracy y su enorme quijada de mesa. Y luego, cuando la mama siguió mezclando la carne molida con la migas de pan, C caminó hacia donde debía. Cerró la puerta sin hace ruido, se sentó sobre el váter y sacó de su mochila una revista, y ahí se quedó una hora con la seguridad de que era preferible quedarse loco a dejar de amar a Laura Branigan.

lunes, 19 de marzo de 2007

Una vida inconclusa, como un trecho de palabras inacabadas, que emergen detràs de los cristales de la ciudad, que es una cualquiera. Escojamos, por azar o por lo que fuere, a Quito. El año, ya que hay que darle una circunstancia temporal, 2007, que bien podrìa ser 2666, pero ya se le ocurrió al monstruo. Añadamos que son algunos susurros. Una vuelta de tuerca. Un caìda libre. Un laberinto, eso por la nostalgia del Rìo de la Plata. Y nada, pues, que ya iràn apareciendo.