sábado, 20 de octubre de 2007
Sábado por la noche. Salir a comer. Un arroz con camarones, y dos cervezas. Es que comer, dejarse llevar por el sabor ácido del limón que cubre los camarones, es lo único que en los últimos días parece darle paz. Y tomar cerveza, aunque la panza se le hinche. Siempre le ha pasado así. Como aquella vez que cruzó el enorme parque negro que separaba a su casa de la zona de los bares. Lo hizo en compañía de Machado. Llegaron al Barbudo, un bar húmedo, del que recuerda la sensación del sopor que le empañó los lentes, y el aserrín en el piso. Pidieron dos jarras de cerveza. Parecían enormes, imposibles de beber, pero poco a poco, mientras fumaban un cigarrillo tras otro la cantidad disminuía. El sabor era raro. Lo que habían comentado en el colegio no tenía nada que ver con esto. Nada que ver con el sabor fuerte y varonil, como lo había calificado El Mono. Ni la sensación de burbujitas picantes en la lengua, como había definido El Chileno. Era, más bien, un sabor lavado, carente de profundidad. C terminaría de darse cuenta que tenía agua, cuando meses después bebiera directamente de la botella, en un estadio de fútbol mientras miraban el clásico Liga-Católica. Pero esa noche solo el hecho de haber sido aceptados en el bar, sin necesidad de mostrar ninguna credencial, era ya suficiente motivo para sentirse orgulloso. Dos jarras son difíciles de apuntar, ni por la cantidad de alcohol, sino por la cantidad de agua que se acumula en la barriga. Tres casi son imposibles. Pues, emocionados como estaban, C y Machado se bebieron 4 jarras, que, pasadas las 2 de la mañana, tuvieron que vomitar al unísono detrás de los enormes árboles de parque negro. Y así ha sido desde entonces. La cerveza le hincha la barriga, y si se pasa del límite de las tres, termina por convertirse en una amarga sustancia que sale por la garganta, y deja su aroma apestoso junto con un ardor terrible. Pero a C no le importa. Prefiere el estado de la ebriedad. De la ensoñación. De la febrilidad que le da valentía, que le convierte en un súper hombre sin dolor, ni tristeza.
domingo, 23 de septiembre de 2007
Sábado al mediodía. Continuar caminando. Ir a la farmacia. Que puede ser una tienda, porque lo que C necesita son aspirinas para mezclarlas con coca cola. Es una de las fórmulas que más le han dado resultado. Esa es la ventaja de la literatura. Si recuerdas, en los momentos precisos, a ciertos personajes que solucionan sus contingencias, puedes estar salvado. Eso obtuvo de la fórmula diaria que Perry utilizaba para despertar. También tiene que ir a una farmacia porque necesita preservativos. Dos paquetes. Es mejor comprar de dos en dos, así se puede estar tranquilo durante varios días. C los utiliza para masturbarse mientras ve alguna película pornográfica. Ese sexo, aislado en su propia soledad, es de los más satisfactorio, porque solo uno mismo puede acariciarse con precisión, apretando o soltando, según sea el caso, aumentando o disminuyendo la intensidad. Con el paso del tiempo el encuentro con su cuerpo ha sido un acto de consumación, de violenta necesidad. Hace años, en los límites de una adolescencia naciente, C requería de dos o tres veces diarias para aletargar un deseo impetuoso, aunque todavía impreciso. Tan es así que la necesidad de acariciarse no le llegó como un arrebato biológico. Fueron los recreos en su colegio lo que le impulsaron a hacerlo. Está de pie, junto con dos o tres compañeros más, en el centro de la cancha de fútbol. Ha llovido intensamente en la noche anterior, así que nadie se anima a jugar en ese lodazal. Sobre todo porque nos hay compañeras de clase, a quienes dedicarles las jugadas. Para qué lanzarse sobre la pelota, como un animal, si no hay otros ojos que no te reconozcan. El Mono lleva la conversación. Dice, Oye, ¿ya te has pelado la pepa? Machado, un lojanito con aires de gran señor, le mira con perplejidad. C mira los ojos desconcertados de Machado y decide, sobre la marcha, que se unirá al Mono, por eso dice, como si supiese realmente de lo que está hablando, En serio Machado no te has pelado la pepa. El lojanito duda, las palabras se le atornillan en la lengua. Ni el dinero mal habido de su padre arquitecto, ni los mimos de su mama, le salvan. El Mono le deja sufrir. Disfruta de ser el primero que hace esas preguntas. Es el más alto de todos los alumnos del segundo curso, así que ha decidido reafirmar su condición, dice, Sí, que si te has estirado la vena. C continúa a afirmar con la cabeza como si él, que todavía mira el Chavo del Ocho, tuviese la respuesta segura. Machado se pone blanco, no le gusta quedar en evidencia de su ignorancia, porque como va ser posible que un hijo de una de la zonas cultas del país, no pueda resolver una simple pregunta. El Mono continúa, ¿Qué si te has sobado el pajarito? Ahí nos damos cuenta todos de lo que está hablando. Machado respira con cierto alivio, dice, Claro, claro, lo que pasa es que me confundiste con eso de pelarse la pepa. Es tarde, C se encierra en el baño a estirarse la vena, pelarse la pepa, sobarse el pajarito, aunque no tiene la más puta idea de cómo se hace. Ahí, en medio del frío cuarto del baño, recuerda lo sueños de los últimos días que parecen adquirir sentido. Con el paso de los días la costumbre de encerrarse en el baño causa molestia para los otros habitantes de la casa. Es que solo hay un baño, y, como es de suponer, casi siempre tiene alguien adentro, y otro a la espera. Entonces cuando C se encierra, provisto desde hace algunos días con fotografías de mujeres desnudas, supone una tortura para los otros. Pero a C no le importa, o se hace el sordo. Quizás, digo yo, realmente está medio sordo. Concentrado en mirar como su miembro se alza, en el río de emociones que parecer querer romper un dique invisible. La mano le duele, el antebrazo y la muñeca. Cambia de mano. Pero no puede, no tiene la destreza. Cierra los ojos y descubre senos y nalgas de mujeres que ha visto en la televisión, en las revistas, ninguna en especial, una suma de partes, de fragmentos que componen un cuerpo inmenso. De tanto en tanto abre los ojos y mira un fotograma de Sodoma y Gomorra, y vuelve a cerrar los ojos. Otra vez piernas, manos, senos, culos, cientos de culos, y sexos, que son superficies velludas que intuye. Algunos momentos aparece el rostro de Ramona, su madre, entonces C se desinfla. El rostro no se presenta con un gesto condenatorio. No es ella detrás de la puerta, que descubre a su hijo entregado a las manualidades. Es el rostro de ella, desprovisto de emociones, como una fotografía digital, retocada hasta quitar cualquier rasgo de humanidad, pero, y eso es lo que le produce temor, más presente que nunca. La madre de C está leyendo. Y cuando lo hace el mundo se concentra solo en las palabras. Está sentada en un sillón pequeño, tiene un chal sobre las piernas. La luz de la tarde entra por la ventana. Al otro lado, en una esfera desconocida para todos, C se encuentra con su idiota, con ese otro enajenado que aparece en los filos del gozo. Su cara se frunce, cierra los ojos, el corazón golpea, y se hace el gemido, la primera anunciación, la pequeña muerte. Sale del baño como si nada, con una vergüenza que ha sido lavada con jabón de rosas. C sigue derecho, y ser pierde, como casi siempre en el paisaje de su casa, en las faldas de una de las montañas que circundan la ciudad.
jueves, 13 de septiembre de 2007
Lo que sigue son las listas que se pudieron recuperar cuando se abrió la habitación de C. Lucía escrupulosamente ordenado en los primeros días y meses, pero a medida que avanzan, que en rigor sería retroceden, las referencias parecen extraviarse. Las listas, que son realmente descripciones de eventos, se cruzan unas con otras, se confunden, se precipitan por abismos, casi imposibles de descifrar. Sin embargo, cabría señalar que la lucidez no le dejó del todo. De rato en rato la luz parece cubrirlo. Así, como C siempre pensó su encierro fue su puerta de escape.
Sábado anterior: otra vez ganas de comer mariscos. Dirigirse a un restaurante para satisfacer esta necesidad. C se despertó con un ligero mareo, que había sido ya tan frecuente en las últimas semanas, pero que había recrudecido a medida que más comía. Pero no podía dejar de hacerlo. Entra a una marisquería cerca de un parque. Pide un caldo de bagre, y una cerveza fría. Los clientes lucen deportivos. Visten calentadores y, muchos de ellos, llevan pantalonetas y medias llenas de barro, zapatos de fútbol destrozados, y por los rostros caen enormes gotas de sudor. Comen grandes cantidades de canguil y ceviche de camarón. Beben enormes jarras de cerveza. Gritan y ríen. A C esa euforia le parece conocida. También él encontró en el fútbol una posibilidad de arrancarse la realidad en cada patada. El fútbol le llegó por doble vía. Frente al televisor, cuando tenía 6 años, y miraba los partidos del campeonato argentino. Recuerda el clásico River-Boca, y las miles de serpentinas que caen al suelo. Los narradores bonaerenses que celebran las jugadas. Vino el mundial del 78. Sus jugadores favoritos fueron Kempes y Fillol. Le gustaba la fuerza y la elegancia que mostraba el delantero cada vez que se enfrentaba a sus rivales. Y del arquero, el buzo verde que usaba, y esa sensación de vértigo que le producía cada vez que puñeteaba el balón, a la salida de un corner. Luego se dejó atrapar por el bullicio y las delirantes narraciones que hacían los locutores deportivos ecuatorianos, cuando narraban los partidos del campeonato nacional. Había uno en particular que le asombraba porque creaba una especie de teoría sobre el fútbol, que C apenas alcanzaba a comprender. Era una formulación matemática que le maravillaba: 4-3-3. ¿Qué diablos significaban esos números? C no lo sabía, pero cada vez que el comentarista, en el entretiempo, hablaba al respecto, le parecía que estaba accediendo a un mundo de misterios, de códigos imposibles de descifrar, y, sin embargo, sabía que tenía que haber una clave para poder acceder a la solución. Y así lo hizo cuando años después descubrió, así de pronto, que esa extraña fórmula que le maravillaba no era más que una disposición táctica que visualiza a los defensas, los medio campistas y los delanteros. Pero en su recuerdo sigue viéndose encantado frente al televisor de su casa, con el fútbol encerrado en la pantalla, y el gran enigma de los números. La otra vía era más cercana. C se mira entrando en el estadio de su ciudad natal, de la mano de Matute a quien agradece por sacarlo en la noche a un evento de hombres. El estadio luce de rojo completo. Hace frío, pero a C no le importa. El humo del cigarrillo se mezcla con el aroma a trago. C lo puede identificar claramente porque cada fin de semana es el mismo que está impregnado en la ropa de su padre, en el aliento, en las manos. Pero a C eso no le importa cuando entra al estadio, o se olvida. El equipo salta y la gente vibra. Llevan su tradicional uniforme de rojo y negro, y el arquero de verde y negro. Se ha olvidado de los nombres y los rostros de los jugadores, menos del arquero, un argentino que se llamaba Pereira. C quería ser como Pereira, y lanzarse al balón con las manos hacia adelante, jugándose la fachada en cada bola, como él lo hacía. Así lo recuerda, aunque quizás no pasó y lo que recuerda C es solo la versión de los hechos. Y qué es sino la memoria: un regreso a lo que fue, a lo que uno cree que fue. El partido, como casi siempre, supone la decepción para los hinchas que miran a su equipo incapacitado de ganar al rival. Cada minuto es un ir y venir de bolas, sin ton ni son. Hacia el final del entretiempo C ya duerme. Su padre la ha repetido insistentemente que lo haga, que si no, no le vuelve a traer, y C le ha respondido con el mismo entusiasmo con que se espera una bicicleta en Navidad, que seguro que aguanta todo el partido, pero no ha podido cumplir con su palabra, y se duerme, sobre las piernas del padre, que termina por aceptar que C no hará otra cosa más que dormir. Y así seguiría hasta el final del partido, a no ser porque los gritos de los hinchas que increpan a los jugadores y al entrenador cada vez son más altos. C se despierta. De hecho, no es que haya dormido profundamente. Entre el frío y el aroma a licor barato se escabullen los sonidos de un estadio: gritos de vendedoras de cerveza, sánduches, cigarrillos, los periodistas que deliran en las diminutas cabinas que están en la parte superior de la Tribuna, los silbidos y los insultos de los neuróticos asistentes. C termina por despertar. Faltan diez minutos para que termine el sufrimiento. El marcador muestra un 0 a 0. Hay un tiro libre de indudable peligro para el equipo local. Pereira coloca 5 jugadores en la barrera. Luce nervioso. Escupe sobre sus guantes. El estado grita al unísono. El zurdo, del equipo rival, lleva las manos en la cintura. Mira fijamente al balón y alza su cabeza, de rato en rato, para determinar la posición del arquero. Los jugadores en la barrera dan pequeños pasitos para ganar centímetros, parecen bailarines. Los jugadores del otro equipo protestan al árbitro. Una tarjeta amarrilla y empujones. Los hinchas silban y gritan. A C el corazón le golpea en el pecho. Siente la presión de todo el estadio. El árbitro pita. El zurdo da un saltito y corre hacia la pelota. La barrera se desmorona. Algunos saltan, otros se cubren las caras, los genitales, otros abren las piernas. El balón atraviesa la barrera. Pereira lo ve acercarse, violento, como un misil. Se lanza a su derecha con todo el cuerpo convertido en una canasta. Abraza la pelota pero no la puede detener. Los defensas se quedan congelados, como una fotografía en blanco y negro. Un delantero del equipo visitante se barre. Alcanza la pelota y esta entre lenta, lentamente por una esquina, mientras el arquero argentino ya no puede reaccionar. El estadio se queda en silencio, mudo. Como cada partido tiene que vivir su propio Maracanazo. Restan 5 minutos para que termine el partido. El equipo se lanza con todo a buscar el empate. Parecen guerreros, cazadores desesperados por alcanzar una presa que les salve del hambre, de la muerte. Quizás por esos 5 minutos finales la gente de la pequeña ciudad llena los viernes el estadio. Porque en esos minutos finales se concentra la sobrevivencia, la lucha por salir adelante, el ímpetu de los derrotados. El árbitro pita. El partido termina. La gente sale cabizbaja, segura de un descenso a la segunda categoría, que parece inevitable, pero llena de una alegría comprimida en el fondo del corazón, porque ellos, como los jugadores, enfrentan la vida cada día con la misma decisión de morir en los últimos 5 minutos. C toma un sorbo más de cerveza. Los jugadores aficionados continúan con su algarabía desesperante. En la pantalla de la televisión se proyectan dibujos animados. Llama al mesero paga la cuenta y sale.
Sábado anterior: otra vez ganas de comer mariscos. Dirigirse a un restaurante para satisfacer esta necesidad. C se despertó con un ligero mareo, que había sido ya tan frecuente en las últimas semanas, pero que había recrudecido a medida que más comía. Pero no podía dejar de hacerlo. Entra a una marisquería cerca de un parque. Pide un caldo de bagre, y una cerveza fría. Los clientes lucen deportivos. Visten calentadores y, muchos de ellos, llevan pantalonetas y medias llenas de barro, zapatos de fútbol destrozados, y por los rostros caen enormes gotas de sudor. Comen grandes cantidades de canguil y ceviche de camarón. Beben enormes jarras de cerveza. Gritan y ríen. A C esa euforia le parece conocida. También él encontró en el fútbol una posibilidad de arrancarse la realidad en cada patada. El fútbol le llegó por doble vía. Frente al televisor, cuando tenía 6 años, y miraba los partidos del campeonato argentino. Recuerda el clásico River-Boca, y las miles de serpentinas que caen al suelo. Los narradores bonaerenses que celebran las jugadas. Vino el mundial del 78. Sus jugadores favoritos fueron Kempes y Fillol. Le gustaba la fuerza y la elegancia que mostraba el delantero cada vez que se enfrentaba a sus rivales. Y del arquero, el buzo verde que usaba, y esa sensación de vértigo que le producía cada vez que puñeteaba el balón, a la salida de un corner. Luego se dejó atrapar por el bullicio y las delirantes narraciones que hacían los locutores deportivos ecuatorianos, cuando narraban los partidos del campeonato nacional. Había uno en particular que le asombraba porque creaba una especie de teoría sobre el fútbol, que C apenas alcanzaba a comprender. Era una formulación matemática que le maravillaba: 4-3-3. ¿Qué diablos significaban esos números? C no lo sabía, pero cada vez que el comentarista, en el entretiempo, hablaba al respecto, le parecía que estaba accediendo a un mundo de misterios, de códigos imposibles de descifrar, y, sin embargo, sabía que tenía que haber una clave para poder acceder a la solución. Y así lo hizo cuando años después descubrió, así de pronto, que esa extraña fórmula que le maravillaba no era más que una disposición táctica que visualiza a los defensas, los medio campistas y los delanteros. Pero en su recuerdo sigue viéndose encantado frente al televisor de su casa, con el fútbol encerrado en la pantalla, y el gran enigma de los números. La otra vía era más cercana. C se mira entrando en el estadio de su ciudad natal, de la mano de Matute a quien agradece por sacarlo en la noche a un evento de hombres. El estadio luce de rojo completo. Hace frío, pero a C no le importa. El humo del cigarrillo se mezcla con el aroma a trago. C lo puede identificar claramente porque cada fin de semana es el mismo que está impregnado en la ropa de su padre, en el aliento, en las manos. Pero a C eso no le importa cuando entra al estadio, o se olvida. El equipo salta y la gente vibra. Llevan su tradicional uniforme de rojo y negro, y el arquero de verde y negro. Se ha olvidado de los nombres y los rostros de los jugadores, menos del arquero, un argentino que se llamaba Pereira. C quería ser como Pereira, y lanzarse al balón con las manos hacia adelante, jugándose la fachada en cada bola, como él lo hacía. Así lo recuerda, aunque quizás no pasó y lo que recuerda C es solo la versión de los hechos. Y qué es sino la memoria: un regreso a lo que fue, a lo que uno cree que fue. El partido, como casi siempre, supone la decepción para los hinchas que miran a su equipo incapacitado de ganar al rival. Cada minuto es un ir y venir de bolas, sin ton ni son. Hacia el final del entretiempo C ya duerme. Su padre la ha repetido insistentemente que lo haga, que si no, no le vuelve a traer, y C le ha respondido con el mismo entusiasmo con que se espera una bicicleta en Navidad, que seguro que aguanta todo el partido, pero no ha podido cumplir con su palabra, y se duerme, sobre las piernas del padre, que termina por aceptar que C no hará otra cosa más que dormir. Y así seguiría hasta el final del partido, a no ser porque los gritos de los hinchas que increpan a los jugadores y al entrenador cada vez son más altos. C se despierta. De hecho, no es que haya dormido profundamente. Entre el frío y el aroma a licor barato se escabullen los sonidos de un estadio: gritos de vendedoras de cerveza, sánduches, cigarrillos, los periodistas que deliran en las diminutas cabinas que están en la parte superior de la Tribuna, los silbidos y los insultos de los neuróticos asistentes. C termina por despertar. Faltan diez minutos para que termine el sufrimiento. El marcador muestra un 0 a 0. Hay un tiro libre de indudable peligro para el equipo local. Pereira coloca 5 jugadores en la barrera. Luce nervioso. Escupe sobre sus guantes. El estado grita al unísono. El zurdo, del equipo rival, lleva las manos en la cintura. Mira fijamente al balón y alza su cabeza, de rato en rato, para determinar la posición del arquero. Los jugadores en la barrera dan pequeños pasitos para ganar centímetros, parecen bailarines. Los jugadores del otro equipo protestan al árbitro. Una tarjeta amarrilla y empujones. Los hinchas silban y gritan. A C el corazón le golpea en el pecho. Siente la presión de todo el estadio. El árbitro pita. El zurdo da un saltito y corre hacia la pelota. La barrera se desmorona. Algunos saltan, otros se cubren las caras, los genitales, otros abren las piernas. El balón atraviesa la barrera. Pereira lo ve acercarse, violento, como un misil. Se lanza a su derecha con todo el cuerpo convertido en una canasta. Abraza la pelota pero no la puede detener. Los defensas se quedan congelados, como una fotografía en blanco y negro. Un delantero del equipo visitante se barre. Alcanza la pelota y esta entre lenta, lentamente por una esquina, mientras el arquero argentino ya no puede reaccionar. El estadio se queda en silencio, mudo. Como cada partido tiene que vivir su propio Maracanazo. Restan 5 minutos para que termine el partido. El equipo se lanza con todo a buscar el empate. Parecen guerreros, cazadores desesperados por alcanzar una presa que les salve del hambre, de la muerte. Quizás por esos 5 minutos finales la gente de la pequeña ciudad llena los viernes el estadio. Porque en esos minutos finales se concentra la sobrevivencia, la lucha por salir adelante, el ímpetu de los derrotados. El árbitro pita. El partido termina. La gente sale cabizbaja, segura de un descenso a la segunda categoría, que parece inevitable, pero llena de una alegría comprimida en el fondo del corazón, porque ellos, como los jugadores, enfrentan la vida cada día con la misma decisión de morir en los últimos 5 minutos. C toma un sorbo más de cerveza. Los jugadores aficionados continúan con su algarabía desesperante. En la pantalla de la televisión se proyectan dibujos animados. Llama al mesero paga la cuenta y sale.
lunes, 27 de agosto de 2007
En la tarde va a un mall. Compra marcadores de colores, tres resmas de papel bond inen A4, y mazquin. Ha decidido, para esta tarea, dejar de lado su lapto. Prefiere las manos, la textura del papel, y el color de los marcadores. Piensa, Cada día una hoja. Que C pegará en su estudio. Tiene suficiente espacio en las paredes, y si se precisa más quitará los retratos de Cortázar, Borges, y García Lorca. O sus cuadros. De todas maneras esos lienzos, más o menos grandes, C los desprecia, y no los ha quemado por su madre. Ella sufriría mucho si supiera que han pasado a mejor vida. Y C no quiere darle más penas. Pero quizás sea esta una buena ocasión para crear con ellos, y con unos cuantos cientos de libros y su respectivos libreros, una fogata. Y cierra los ojos. Está sentado en uno de los asientos del tren Bourdeaux-París. El cielo naranja se expande por su ventana. Baja la mirada y encuentra sus botas viejas, de mochilero, el jean agujereado y el buzo oscurecido por el sudor. Está delgado. En su mochilla lleva una manzana y un sánduche de tortilla española, que trae desde Madrid. Ha terminado sus estudios de cine en Valencia y ha emprendido un viaje soñado hasta París. Síndrome de Ulises, piensa. Pero he decidido hacer una parada de dos o tres días en Sant Junien, para visitar a una amiga de la universidad. Llego el viernes a las 5 pm, según el horario, le confirma por teléfono el día anterior. Muy bien, le contesta la voz al otro lado. C se baja en la estación. Espera que los cinco niveles aprobados en la Alianza Francesa le sirvan para algo. Busca la dirección en su libreta. San Junien es un pueblo pequeño, así que no te cuesta mucho encontrar la dirección. Timbra. Hay unas voces que hablan por el citófono. C no entiende nada. Silencio. Otra vez pregunta, ¿Dónde está? Las voces, diminutas, perdidas en la electrónica, le repiten. C está desconcertado. Camina de regreso a la estación. Hay un hotel al frente. Pide un cuarto. Es carísimo, pero no queda de otra. Piensa, Mañana debe llegar. La televisión muestra a Aznavour. Se aburre. Sale a caminar. Tiene un dolor que le atraviesa el cuerpo. Pero ha decidido no gastar nada. Ya mañana se pondrá de acuerdo con su compañera de universidad. En la noche se encierra en su habitación. Es húmeda y vieja. Se acuesta, quiere dormir pero tiene hambre. Por suerte recuerda que tiene el bocadillo. Todavía se puede comer. Y la sabe a gloria. La televisión destella, el francés le resulta un idioma incomprensible. Piensa en todo lo que ha gastado para estudiarlo. Pasan las horas pero no puede dormir. No sabe cómo pero llega el día. Quiere bañarse, pero no hay ducha. Con señalas le hace entender a la recepcionista del hotel de su necesidad. Y esta le trae una palangana y una jarra de agua. Así se bañan los franceses. Regresa al departamento de su compañera. Otra vez las voces que le dicen, que él cree comprender, que no hay regresado, que no lo hará en los próximos días. C mira las calles del pueblo, los autos nuevos, la tienda de tabacos, el correo, y le parece que es un sueño, uno de esos estados oníricos en que se confunde todo. Cuatro horas después está en otro tren, con el sol de fuego cayendo por la ventana. Abre los ojos y mira las resmas de papel, y los marcadores. Dice, Mañana será un gran día. Y se acuesta a dormir como hace años no lo hace. Son las 9 de la noche. Y solo le falta tomar un vaso de leche tibia y abrazar a un osito de peluche. Pero en la refrigeradora solo tiene vodka y restos de comida china. Y el único oso de peluche que tuvo en su vida fue lanzado a la basura cuando C lo descubrió, en una caja escondida en la buhardilla de la casa de su madre, el día que cumplió 20 años.
domingo, 12 de agosto de 2007
El domingo no empieza como debía. La boca le sabe amarga, a ese sabor que viene de adentro, cerca del espíritu. Cuando abre los ojos sabe que no podrá repetirse nada, y esa certeza no le importa, parece que ya nada le importa, y recuerda a Onetti, en su cuarto en Madrid, acostado para siempre, a la espera de dormir para siempre. Piensa, el sueño y la muerte se parecen. Porque C cree que dormir es una forma de morir. La mitad de la vida nos pasamos pensado en la muerte, y la otra durmiendo una muerte que nos espera. Se levanta y prende un cigarrillo. En su velador está la lista que debía cumplir. La toma y la revisa. Hay tantos pasos que dar. ¿Por qué C se deja arrastrar por un aburrimiento que lo consume todo, por qué no continúa con el plan trazado, por qué abre la ventana y mira la calle, las señoras que caminan, el perro que busca entre la basura, el borracho que duerme detrás de un árbol, y no se concentra en llevar adelante todo lo que, escrupulosamente, ha organizado para ese día? Toma un baño largo. El agua caliente le alivia la presión del cuello. Cuando se seca, su imagen reflejada en el espejo empañado le resulta extraña. Se imagina que sale de su departamento. Toma su carro, y se deja ir. Llega a un pueblo escondido de la selva. Compra una finca y una hamaca. Lo poco que siembre le basta. De tanto en tanto mata una gallina, o un puerco. La gente de los alrededores le mira con recelo. Él se mantiene distante. Un día escucha un disparo. Se deja guiar por los gritos. Busca entre los la vegetación y encuentra a un joven. Debe tener doce o trece años. Está sangrando. Lo amarca y lo lleva a su casa. La pierna le sangra. Le venda, con trazos apurados. Los milicos, dice el joven, fueron los milicos. Andan desde hace una semana al otro lado del río buscando a los guerrilleros. Al poco rato llegan sus vecinos, que también han escuchado el disparo. Desde ese día le toman cariño. C es invitado a los bailes, a las reuniones de la comunidad, y le hacen padrino. Pasan los meses. Hay fumigaciones con glifosato, incursiones militares y la diplomacia que quiere reventar el problema. Está en la frontera norte. Se escuchan casos de gente que recibe balas perdidas. C sale, como todas las tardes, a mirar el río. Lo último que recuerda es un zumbido, un pinchazo fuerte en la cabeza. Sigue frente al espejo. Se seca el pelo, y está seguro de lo que tiene que hacer. Como suele acontecerle otra vez sabe exactamente lo que debe hacer. Sube a la terraza del edificio donde vive. Lleva una manta. Se saca la ropa y deja que el sol le caliente. Tiene un frío que le carcome los huesos. Piensa, Estoy a punto. Y parece que es así porque cree haber descubierto el dispositivo que necesita para recomenzar la escritura. Y ahora la llama así: recomenzar, y ya no comenzar. El impulso inicial ya existió, y aunque desapareció, se puede recuperar. La solución está en crear una cadena de acciones que lleven a ese domingo, pero no a partir de un nuevo domingo, sino de un sábado, un viernes, un jueves quizás. De tal suerte que se pueda engañar al tiempo. Coger vuelo, como le dicen, antes de dar una salto. Porque ese domingo, como cualquier otro, no es independiente de los otros. Por el contrario, forma parte de un encadenamiento, y por eso, no puede aislarse. Entonces C lo tiene ya resuelto, es imprescindible que se cree un conjunto de segmentos interconectados para que poder reproducir ese segundo tan ansiado. Piensa, Así la vida. Pero sabe también que ese domingo requiere de días anteriores, y éstos de unos que están más atrás, de una semana que es el resultado de otras que la preceden, y de meses y años que conforma, indisolublemente, un pedazo de existencia. Así para todos los seres humanos y sus eventos. Pero a C solo le interesa la suya en particular. Las listas tendrán que aumentar. Así, deberá detallar cada uno de los días, las semanas, los meses y los años que ha vivido hasta ese domingo. Claro que en cada lista ha decidido, y creo que hace bien, eliminar todas las acciones mecánicas, las que no son elementales, las simples instrumentalizaciones: así, ya no importa enumerar cada uno de los pasos que se dan para cubrir una cuadra, ni la respiración, ni la mirada, ni el movimiento de las manos, basta con señalar el acontecimiento al que lleva esa acción. C escribe en una lista: Camino a la tienda. De esta manera las listas se reducen significativamente. Ahora, solo debe recordar las acciones más importantes de los días anteriores para llegar a crear las condiciones similares de aquel domingo. C sabe que esto sigue suponiendo un proyecto inmenso. Una aventura extenuante, pero es su aventura y ha decidido entregarse a ella. Tiene la esperanza, y hay que calificarla como tal, de que en un momento cualquiera, casi sin darse cuente, encuentre una cadena de acciones que se junten durante toda su vida para formar la línea básica de su existencia. Algo así como un adn de eventos. Así podrá eliminar todos los otros. Una vez elaboradas todas las listas, sus ojos, lo sabe como lo sabía Nash, su cerebro tendrá la posibilidad de subrayar, con un haz de luz invisible, solo aquello de singular importancia. Luego de lo cual tendrá que repetir las acciones esenciales que conformen esa cadena de eventos. C cree que no serán muchas. Pero todavía no se aventura a lanzar una cifra. Prefiere, sobre la marcha del proyecto, atreverse a poner un número. Por lo pronto sale a un restaurante chileno y se toma dos cervezas frías con dos empanadas. Y se siente dichoso. No le importa como le mira la gente. Los rostros de extrañeza con que los comensales lo miran. Y es que C no se ha dado cuenta, quizás por la euforia del momento, que solo lleva puesta una salida de cama, y unas zapatillas rojas de plumón, que es el único regalo que le aceptó a Loló.
lunes, 6 de agosto de 2007
Jueves. Todo vuelve a la calma. Hay otro presidente. C se queda en el departamento. Cocina pasta. Toma una botella de vino blanco. Fuma un chafo. Más tarde un café y alguno cantuchines. Le encantas estas galletas con almendras. Le llega la imagen amarillenta, como del color de la orina, de la Strega, una bebida del sur de Italia. Y los paisajes de la Toscana, en verano, los cielos azules que cubren inmensos campos verdes. Los castillos, otrora fortines violentos, convertidos en restaurantes. Las fiestas que celebran los matrimonios. Los antipastos, los platos fuertes y los postres. El limonchelo. Y todo le parece un sueño, un paisaje de colores, que se derrite en la fría tarde quiteña. En la noche mira la televisión, y se duerme con el sabor amargo que deja la vida cuando está atravesada por el dolor.
Viernes. Se levanta y va al parque. Faltan dos días para recuperar ese instante maravilloso. C se ha convencido de que lo va a lograr. Que su fuerza de voluntad, y todos los pasos que tiene que dar, escrupulosamente anotados, serán suficientes para repetir ese momento. Se pone un calentador y se va a un parque. Mira los árboles, y los caballos amarrados a sus troncos. Son viejos y maltratados ejemplares que deben soportar a los clientes que pagan por montarlos unos minutos. Hay otros, lustrosos y sanos, que montan los policías. En la noche se va a un bar, de esos que además tiene una diminuta pista de baile. Toma vodka tras vodka, y mira a las parejas dar decenas vueltas, agarrados de las caderas, de los brazos. Apretados y sudorosos. C fuma. El aire está denso, fantasmagórico. Solo descubre ojos, y el brillo de unos lentes. El sonido del hielo en las copas, y la música que retumba en todas las esquinas. El piso se mueve. Eso cree C, pero no es así. El es quien se mueve. Está como en un barco en alta mar. Se va hacia la izquierda, parece que el piso se inclina hacia ese lado. La noche le pasa volando. Cuando sale del bar son casi las cuatro de la mañana. Apenas puede caminar. Sería presa de cualquier ladrón sin mayor problema. En las calles ya no hay el fragor de hace algunas horas. La mayoría de la gente se ha marchado. Quedan los borrachos, los vendedores de droga, las prostitutas, los travestis y los policías. C llega a su departamento. Y duerme. El sábado se pasa en la cama, bebiendo agua, café, y tratado de leer, infructuosamente, a Heiddeger. No quiere saber nada. Apenas ha tenido fuerza para lavarse los dientes, bañarse y regresar a la cama. Goza de este maltrato, porque así su cabeza se rinde y deja de pensar en que ya faltan solo pocas horas para que llegue el domingo. A las once de la noche apaga las luces, se toma la mitad de un somnífero y se mete bajo el edredón. Y sueña. Es niño. Lleva un traje de torero. Está en medio de la plaza. Sale un toro negro. Corre de burladero a burladero, hasta que se percata de su presencia. Entonces viene hacia él. C quiere correr pero no pude: tiene los pies llenos de clavos, de fierros. Llora. Algunas voces le gritan, Chivo pata de palo, pata de pato. Pero no sabe cómo y ya no está ahí. Está en una morgue. Lo sabe porque el olor de formol y de cadáver se mezclan en el aire. Hay fotos que muestran distintos cadáveres y sus diagnósticos: muerto por balazo, por ahorcamiento, por implantación de silicona. C no quiere seguir ahí, pero sigue caminando. Siente frío. Escucha ruidos. Hay gente que está realizando una película. Las luces iluminan un rostro. C se acerca y reconoce el de su padre. Grita, quiere gritar, pero los sonidos se quedan atrapados en la garganta y la boca. Le duele el estómago. Las tripas se le revuelven. Quiere orinar. Busca, desesperado, un baño, pero no puede hallarlo. La vejiga está por explotarle. Ya no le importa orinará y cagará en frente de todos, si es necesario. Abre los ojos, la madrugada aparece por los filos de la cortina. C se levanta, va al baño, y se sienta sobre el váter, y deja que la heces, la orina, y la muerte se le escurran.
Viernes. Se levanta y va al parque. Faltan dos días para recuperar ese instante maravilloso. C se ha convencido de que lo va a lograr. Que su fuerza de voluntad, y todos los pasos que tiene que dar, escrupulosamente anotados, serán suficientes para repetir ese momento. Se pone un calentador y se va a un parque. Mira los árboles, y los caballos amarrados a sus troncos. Son viejos y maltratados ejemplares que deben soportar a los clientes que pagan por montarlos unos minutos. Hay otros, lustrosos y sanos, que montan los policías. En la noche se va a un bar, de esos que además tiene una diminuta pista de baile. Toma vodka tras vodka, y mira a las parejas dar decenas vueltas, agarrados de las caderas, de los brazos. Apretados y sudorosos. C fuma. El aire está denso, fantasmagórico. Solo descubre ojos, y el brillo de unos lentes. El sonido del hielo en las copas, y la música que retumba en todas las esquinas. El piso se mueve. Eso cree C, pero no es así. El es quien se mueve. Está como en un barco en alta mar. Se va hacia la izquierda, parece que el piso se inclina hacia ese lado. La noche le pasa volando. Cuando sale del bar son casi las cuatro de la mañana. Apenas puede caminar. Sería presa de cualquier ladrón sin mayor problema. En las calles ya no hay el fragor de hace algunas horas. La mayoría de la gente se ha marchado. Quedan los borrachos, los vendedores de droga, las prostitutas, los travestis y los policías. C llega a su departamento. Y duerme. El sábado se pasa en la cama, bebiendo agua, café, y tratado de leer, infructuosamente, a Heiddeger. No quiere saber nada. Apenas ha tenido fuerza para lavarse los dientes, bañarse y regresar a la cama. Goza de este maltrato, porque así su cabeza se rinde y deja de pensar en que ya faltan solo pocas horas para que llegue el domingo. A las once de la noche apaga las luces, se toma la mitad de un somnífero y se mete bajo el edredón. Y sueña. Es niño. Lleva un traje de torero. Está en medio de la plaza. Sale un toro negro. Corre de burladero a burladero, hasta que se percata de su presencia. Entonces viene hacia él. C quiere correr pero no pude: tiene los pies llenos de clavos, de fierros. Llora. Algunas voces le gritan, Chivo pata de palo, pata de pato. Pero no sabe cómo y ya no está ahí. Está en una morgue. Lo sabe porque el olor de formol y de cadáver se mezclan en el aire. Hay fotos que muestran distintos cadáveres y sus diagnósticos: muerto por balazo, por ahorcamiento, por implantación de silicona. C no quiere seguir ahí, pero sigue caminando. Siente frío. Escucha ruidos. Hay gente que está realizando una película. Las luces iluminan un rostro. C se acerca y reconoce el de su padre. Grita, quiere gritar, pero los sonidos se quedan atrapados en la garganta y la boca. Le duele el estómago. Las tripas se le revuelven. Quiere orinar. Busca, desesperado, un baño, pero no puede hallarlo. La vejiga está por explotarle. Ya no le importa orinará y cagará en frente de todos, si es necesario. Abre los ojos, la madrugada aparece por los filos de la cortina. C se levanta, va al baño, y se sienta sobre el váter, y deja que la heces, la orina, y la muerte se le escurran.
miércoles, 1 de agosto de 2007
Miércoles más tarde. El país se desmorona. Las calles están atestadas de gente que pide la salida del presidente. Los militares han puesto un círculo de protección al Palacio Presidencial. Hay barricadas diez cuadras a la redonda. Pero la gente avanza. Los policías lanzan bombas lacrimógenas y tiros al aire. Cae un fotógrafo chileno. Su muerte es la primera. Hay más. El presidente se resiste a renunciar. Trae gente de la costa para que le defienda, a cambio de una camiseta y 20 dólares por día. Hay enfrentamientos. La televisión muestra la sangre en la calles. La cúpula militar quita el respaldo al presidente. Minutos más tarde un helicóptero sale del palacio. Ahí huye. C mira los acontecimientos casi con indiferencia. Prende la televisión de tanto en tanto para ver cómo marchan las cosas. Pero casi no hay nada nuevo. El mundo sigue girando alrededor de las telenovelas y las versiones, mil veces pasadas, de Rocky. C espera el domingo.
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