Miércoles anterior. Estar en medio de las clases. Desvarío. Olvido. C anota el estadio de enajenación que vivió frente a sus alumnos. Solo recuerda los ojos de Loló, la risa que se queda en la boca, y que le infla, aún más, los cachetes. Es un segundo, un minuto, que C no recuerda, o que prefiere olvidar. Porque, como un niño autista, se ha perdido en un territorio desconocido. Mientras hablaba de Bartheby, una punzada se le clava en la barriga, y nada más. Solo el silencio. Nubes. Granizo. Rayos de luz. Una voz que susurra. Cuando recupera el conocimiento tienen a varios alumnos alrededor. Alguna le sostiene la cabeza. Otro le pregunta, Profesor, ¿está bien? C no sabe que responder. Le llegan sus últimas palabras, El síndrome de la negación, y los ojos que le escrutan. Se levanta, toma su maleta de cuero y sale. Camina hasta el baño, se moja la cara, y mira dentro de sus pupilas. Pero no hay nada.
Martes anterior. Repetir el experimento, esa es la cuestión. C abre los cajones y empieza a botar todo su pasado. Pone especial interés a uno que contiene los exámenes, los resultados, las medicinas y todas las listas médicas que han supuesto la tortura de los últimos meses. En la lista se puede percibir, entre los apretones de unas manos nerviosas, lo siguiente:
-Eco del colon. 6 tomas pequeñas, como postales, con ese especia de pirámide en blanco y negro, más gris que nada, con zonas que resaltan, por destellos, y otras oscuras como huevos, agujeros sin luz, y muchos gases, una cadena de nubes apiñadas en el estómago, desesperadas por salir, por estallar.
-Servicio de radiología.
Eco abdomen superior, inferior, en película raidiográfica Kodak.
Dos grandes radiografías que muestran que no hay signos de uropatía obstruida bilateralmente.
-Internación por hemorragia nasal
Unacyn, protector del estómago, 750 mg/10
Ratinina, para dormir, 150mg/30
Dominun, antidepresivo, 20mg/30
Dicynone 500 mg/10, antibiótico
Tranquinal, para dormir
Proten 10
Taural, 10
-Ecografía de abdomen superior: El aspecto morfológico, tamaño y ecogenicidad del hígado, riñones, páncreas y bazo puede considerarse normal. No se observa dilatación de las vías biliares. La vesícula luce libre de litiasis o cambios inflamatorios.
-Heces:
Color: café
Consistencia: semilíquido
Reacción: ácida
Ph: 6.0
Protozoarios: negativo
Helmitos: negativo
Se encuentran: esporas e hifas de hongos c
1 adlat
2 lavados nasales con suero fisiológico
1 dicidone cada 8 horas
2 aplicaciones de afrin en la nariz
1 ragea de omezol
1 grajea de arovit
10 tabletas de omezol
2 Plasma fresco concentrado $24
-Hospital: Cirugía de corrección nasal:
Hospital del dia $24
Sala de cirugía 80
Uso de equipos 37
Medicamentos 58
Suministros y materiales 20
Administración de medicamentos 12
Homeopatía: Phosph 529 (líquido)
lunes, 7 de enero de 2008
domingo, 2 de diciembre de 2007
Jueves anterior. Comer. Ir a la universidad. Como todos los días. En los últimos 15 años de su vida C se ha dedicado con obsesión a la docencia. ¿Son 20 o 30? Porque él dice, No hay otra manera. Y parece ser cierto. No hay otra manera de dedicarse a un oficio mal pagado, con decenas de estudiantes desfilando su estupidez y sus ropas a la moda. Animalitos en el páramo. Más las inoperancias propias de una burocracia docente, y la ambición empresarial. Llegó a la universidad casi por casualidad. Fue un año después de terminar su carrera de periodismo que, harto de la cotidianidad, decidió que quería regresar a su tierra de origen, al pequeño pueblo atrapado en las montañas del sur. C entonces creía, ahora ya no, que se puede ser libre cuando se huye, cuando decide escaparse de lo que cree es su fuente de angustia. Pero uno se lleva siempre el dolor a donde vaya. Ahí, en medio de los estudiantes tan jóvenes como él, C empezó a descubrir que la docencia no era solo un trabajo para sobrevivir, un simple empleo que se toma como ser cajero de banco, visitador médico, o barman. Había que enfrentarse con los lados oscuros de la condición humana, con el poder, que es lo mismo que con el destino. Así C repitió, casi sin querer, los comportamientos que siempre había repudiado. Y se volvió el maldito, el cínico, el desgraciado, sometiendo a sus inocentes alumnos a lecturas interminables, controles de lectura, y exposiciones en las que, la mayoría, se presentaba como fantasmas salidos de ultratumba. Luego, cerró los ojos, y pasaron los años, y un día se descubrió más patético que nunca, y sus palabras se le quedaron atragantadas, y una llenura enfermiza le infló la barriga.
sábado, 3 de noviembre de 2007
Viernes anterior. Ir a la universidad en la mañana. En la tarde: cine. No se pude leer el nombre de una película en específico. El cine es un reducto de salvación, como lo fue para los inmigrantes que desembarcaban en Nueva York a inicios del siglo XX. Por eso, cada vez que termina la película, C odia la luz porque le saca, como a un bebé recién nacido, de la matriz oscura en la que experimenta algo parecido a la alegría. Un estado que dura menos de 2 horas, y al que se tiene que regresar con la urgencia que un yonkie regresa a la heroína. Un estado que experimenta desde la primera vez que entró a la sala semi vacía de un cine, para ver, una película del El Santo. Vivía, entonces, en un departamento que quedaba encima del cine Paraíso. La imagen que le llega es así: está, junto con Luisito, su amigo inseparable de la infancia, buscando en el armario de sus padres. En cada abrigo, en cada saco, en cada pantalón, en las camisas, en los bolsos y carteras, hasta reunir dos, tres o cinco sucres, eso C ya no lo tiene tan claro, que es el costo de un boleto para entrar. Dos horas antes llegó Luisito, vestía esos jeans acampanados y los zapatos blancos que siempre usaba. Quizás su origen social le hacia verse así. Su padre era un abogado importante de los juzgados locales, y su madre, su madre era una silueta que, ante los ojos de C, le resultaba siempre vaporosa, imposible de asir. A C le parecía que la madre levitaba. La veía entre el humo del cigarrillo, y el vapor que salía de su taza de café. Tenían una casa cerca del río, en una zona de familias acomodadas, que a C le da la impresión que nunca terminaba. Cada cuarto comunicaba con otro, este con otro. En el centro una especia de sala cubierta por un inmenso techo de vidrio, a través del cual era posible mirar las estrellas. Luisito disimulaba su dinero, por eso usaba ropa vieja, eso es lo que C suponía. Luisito entró en el departamento como siempre, muy dueño de la situación y dijo, C, vamos al cine. Ahí escuchó por primera vez esa palabra. Porque C miraba ya la televisión desde hacía varios años, pero el cine era sobre todo una referencia imprecisa que usaban sus padres cuando alguna noche salían, decía Matute, ¿cheno mosva neci?, para ocultar así la intención de salir de la casa. Y Ramona la contestaba, Is. Pero C esa tarde, cuando Luisito le insistió en bajar al cine, descubrió de golpe y sopetón que neci era cine y que no era solo una palabra camuflada, si no un lugar inmenso lleno de sillas de cuero, con una pantalla blanca que mostraba al Santo en sus peleas por vencer al mal.
sábado, 20 de octubre de 2007
Sábado por la noche. Salir a comer. Un arroz con camarones, y dos cervezas. Es que comer, dejarse llevar por el sabor ácido del limón que cubre los camarones, es lo único que en los últimos días parece darle paz. Y tomar cerveza, aunque la panza se le hinche. Siempre le ha pasado así. Como aquella vez que cruzó el enorme parque negro que separaba a su casa de la zona de los bares. Lo hizo en compañía de Machado. Llegaron al Barbudo, un bar húmedo, del que recuerda la sensación del sopor que le empañó los lentes, y el aserrín en el piso. Pidieron dos jarras de cerveza. Parecían enormes, imposibles de beber, pero poco a poco, mientras fumaban un cigarrillo tras otro la cantidad disminuía. El sabor era raro. Lo que habían comentado en el colegio no tenía nada que ver con esto. Nada que ver con el sabor fuerte y varonil, como lo había calificado El Mono. Ni la sensación de burbujitas picantes en la lengua, como había definido El Chileno. Era, más bien, un sabor lavado, carente de profundidad. C terminaría de darse cuenta que tenía agua, cuando meses después bebiera directamente de la botella, en un estadio de fútbol mientras miraban el clásico Liga-Católica. Pero esa noche solo el hecho de haber sido aceptados en el bar, sin necesidad de mostrar ninguna credencial, era ya suficiente motivo para sentirse orgulloso. Dos jarras son difíciles de apuntar, ni por la cantidad de alcohol, sino por la cantidad de agua que se acumula en la barriga. Tres casi son imposibles. Pues, emocionados como estaban, C y Machado se bebieron 4 jarras, que, pasadas las 2 de la mañana, tuvieron que vomitar al unísono detrás de los enormes árboles de parque negro. Y así ha sido desde entonces. La cerveza le hincha la barriga, y si se pasa del límite de las tres, termina por convertirse en una amarga sustancia que sale por la garganta, y deja su aroma apestoso junto con un ardor terrible. Pero a C no le importa. Prefiere el estado de la ebriedad. De la ensoñación. De la febrilidad que le da valentía, que le convierte en un súper hombre sin dolor, ni tristeza.
domingo, 23 de septiembre de 2007
Sábado al mediodía. Continuar caminando. Ir a la farmacia. Que puede ser una tienda, porque lo que C necesita son aspirinas para mezclarlas con coca cola. Es una de las fórmulas que más le han dado resultado. Esa es la ventaja de la literatura. Si recuerdas, en los momentos precisos, a ciertos personajes que solucionan sus contingencias, puedes estar salvado. Eso obtuvo de la fórmula diaria que Perry utilizaba para despertar. También tiene que ir a una farmacia porque necesita preservativos. Dos paquetes. Es mejor comprar de dos en dos, así se puede estar tranquilo durante varios días. C los utiliza para masturbarse mientras ve alguna película pornográfica. Ese sexo, aislado en su propia soledad, es de los más satisfactorio, porque solo uno mismo puede acariciarse con precisión, apretando o soltando, según sea el caso, aumentando o disminuyendo la intensidad. Con el paso del tiempo el encuentro con su cuerpo ha sido un acto de consumación, de violenta necesidad. Hace años, en los límites de una adolescencia naciente, C requería de dos o tres veces diarias para aletargar un deseo impetuoso, aunque todavía impreciso. Tan es así que la necesidad de acariciarse no le llegó como un arrebato biológico. Fueron los recreos en su colegio lo que le impulsaron a hacerlo. Está de pie, junto con dos o tres compañeros más, en el centro de la cancha de fútbol. Ha llovido intensamente en la noche anterior, así que nadie se anima a jugar en ese lodazal. Sobre todo porque nos hay compañeras de clase, a quienes dedicarles las jugadas. Para qué lanzarse sobre la pelota, como un animal, si no hay otros ojos que no te reconozcan. El Mono lleva la conversación. Dice, Oye, ¿ya te has pelado la pepa? Machado, un lojanito con aires de gran señor, le mira con perplejidad. C mira los ojos desconcertados de Machado y decide, sobre la marcha, que se unirá al Mono, por eso dice, como si supiese realmente de lo que está hablando, En serio Machado no te has pelado la pepa. El lojanito duda, las palabras se le atornillan en la lengua. Ni el dinero mal habido de su padre arquitecto, ni los mimos de su mama, le salvan. El Mono le deja sufrir. Disfruta de ser el primero que hace esas preguntas. Es el más alto de todos los alumnos del segundo curso, así que ha decidido reafirmar su condición, dice, Sí, que si te has estirado la vena. C continúa a afirmar con la cabeza como si él, que todavía mira el Chavo del Ocho, tuviese la respuesta segura. Machado se pone blanco, no le gusta quedar en evidencia de su ignorancia, porque como va ser posible que un hijo de una de la zonas cultas del país, no pueda resolver una simple pregunta. El Mono continúa, ¿Qué si te has sobado el pajarito? Ahí nos damos cuenta todos de lo que está hablando. Machado respira con cierto alivio, dice, Claro, claro, lo que pasa es que me confundiste con eso de pelarse la pepa. Es tarde, C se encierra en el baño a estirarse la vena, pelarse la pepa, sobarse el pajarito, aunque no tiene la más puta idea de cómo se hace. Ahí, en medio del frío cuarto del baño, recuerda lo sueños de los últimos días que parecen adquirir sentido. Con el paso de los días la costumbre de encerrarse en el baño causa molestia para los otros habitantes de la casa. Es que solo hay un baño, y, como es de suponer, casi siempre tiene alguien adentro, y otro a la espera. Entonces cuando C se encierra, provisto desde hace algunos días con fotografías de mujeres desnudas, supone una tortura para los otros. Pero a C no le importa, o se hace el sordo. Quizás, digo yo, realmente está medio sordo. Concentrado en mirar como su miembro se alza, en el río de emociones que parecer querer romper un dique invisible. La mano le duele, el antebrazo y la muñeca. Cambia de mano. Pero no puede, no tiene la destreza. Cierra los ojos y descubre senos y nalgas de mujeres que ha visto en la televisión, en las revistas, ninguna en especial, una suma de partes, de fragmentos que componen un cuerpo inmenso. De tanto en tanto abre los ojos y mira un fotograma de Sodoma y Gomorra, y vuelve a cerrar los ojos. Otra vez piernas, manos, senos, culos, cientos de culos, y sexos, que son superficies velludas que intuye. Algunos momentos aparece el rostro de Ramona, su madre, entonces C se desinfla. El rostro no se presenta con un gesto condenatorio. No es ella detrás de la puerta, que descubre a su hijo entregado a las manualidades. Es el rostro de ella, desprovisto de emociones, como una fotografía digital, retocada hasta quitar cualquier rasgo de humanidad, pero, y eso es lo que le produce temor, más presente que nunca. La madre de C está leyendo. Y cuando lo hace el mundo se concentra solo en las palabras. Está sentada en un sillón pequeño, tiene un chal sobre las piernas. La luz de la tarde entra por la ventana. Al otro lado, en una esfera desconocida para todos, C se encuentra con su idiota, con ese otro enajenado que aparece en los filos del gozo. Su cara se frunce, cierra los ojos, el corazón golpea, y se hace el gemido, la primera anunciación, la pequeña muerte. Sale del baño como si nada, con una vergüenza que ha sido lavada con jabón de rosas. C sigue derecho, y ser pierde, como casi siempre en el paisaje de su casa, en las faldas de una de las montañas que circundan la ciudad.
jueves, 13 de septiembre de 2007
Lo que sigue son las listas que se pudieron recuperar cuando se abrió la habitación de C. Lucía escrupulosamente ordenado en los primeros días y meses, pero a medida que avanzan, que en rigor sería retroceden, las referencias parecen extraviarse. Las listas, que son realmente descripciones de eventos, se cruzan unas con otras, se confunden, se precipitan por abismos, casi imposibles de descifrar. Sin embargo, cabría señalar que la lucidez no le dejó del todo. De rato en rato la luz parece cubrirlo. Así, como C siempre pensó su encierro fue su puerta de escape.
Sábado anterior: otra vez ganas de comer mariscos. Dirigirse a un restaurante para satisfacer esta necesidad. C se despertó con un ligero mareo, que había sido ya tan frecuente en las últimas semanas, pero que había recrudecido a medida que más comía. Pero no podía dejar de hacerlo. Entra a una marisquería cerca de un parque. Pide un caldo de bagre, y una cerveza fría. Los clientes lucen deportivos. Visten calentadores y, muchos de ellos, llevan pantalonetas y medias llenas de barro, zapatos de fútbol destrozados, y por los rostros caen enormes gotas de sudor. Comen grandes cantidades de canguil y ceviche de camarón. Beben enormes jarras de cerveza. Gritan y ríen. A C esa euforia le parece conocida. También él encontró en el fútbol una posibilidad de arrancarse la realidad en cada patada. El fútbol le llegó por doble vía. Frente al televisor, cuando tenía 6 años, y miraba los partidos del campeonato argentino. Recuerda el clásico River-Boca, y las miles de serpentinas que caen al suelo. Los narradores bonaerenses que celebran las jugadas. Vino el mundial del 78. Sus jugadores favoritos fueron Kempes y Fillol. Le gustaba la fuerza y la elegancia que mostraba el delantero cada vez que se enfrentaba a sus rivales. Y del arquero, el buzo verde que usaba, y esa sensación de vértigo que le producía cada vez que puñeteaba el balón, a la salida de un corner. Luego se dejó atrapar por el bullicio y las delirantes narraciones que hacían los locutores deportivos ecuatorianos, cuando narraban los partidos del campeonato nacional. Había uno en particular que le asombraba porque creaba una especie de teoría sobre el fútbol, que C apenas alcanzaba a comprender. Era una formulación matemática que le maravillaba: 4-3-3. ¿Qué diablos significaban esos números? C no lo sabía, pero cada vez que el comentarista, en el entretiempo, hablaba al respecto, le parecía que estaba accediendo a un mundo de misterios, de códigos imposibles de descifrar, y, sin embargo, sabía que tenía que haber una clave para poder acceder a la solución. Y así lo hizo cuando años después descubrió, así de pronto, que esa extraña fórmula que le maravillaba no era más que una disposición táctica que visualiza a los defensas, los medio campistas y los delanteros. Pero en su recuerdo sigue viéndose encantado frente al televisor de su casa, con el fútbol encerrado en la pantalla, y el gran enigma de los números. La otra vía era más cercana. C se mira entrando en el estadio de su ciudad natal, de la mano de Matute a quien agradece por sacarlo en la noche a un evento de hombres. El estadio luce de rojo completo. Hace frío, pero a C no le importa. El humo del cigarrillo se mezcla con el aroma a trago. C lo puede identificar claramente porque cada fin de semana es el mismo que está impregnado en la ropa de su padre, en el aliento, en las manos. Pero a C eso no le importa cuando entra al estadio, o se olvida. El equipo salta y la gente vibra. Llevan su tradicional uniforme de rojo y negro, y el arquero de verde y negro. Se ha olvidado de los nombres y los rostros de los jugadores, menos del arquero, un argentino que se llamaba Pereira. C quería ser como Pereira, y lanzarse al balón con las manos hacia adelante, jugándose la fachada en cada bola, como él lo hacía. Así lo recuerda, aunque quizás no pasó y lo que recuerda C es solo la versión de los hechos. Y qué es sino la memoria: un regreso a lo que fue, a lo que uno cree que fue. El partido, como casi siempre, supone la decepción para los hinchas que miran a su equipo incapacitado de ganar al rival. Cada minuto es un ir y venir de bolas, sin ton ni son. Hacia el final del entretiempo C ya duerme. Su padre la ha repetido insistentemente que lo haga, que si no, no le vuelve a traer, y C le ha respondido con el mismo entusiasmo con que se espera una bicicleta en Navidad, que seguro que aguanta todo el partido, pero no ha podido cumplir con su palabra, y se duerme, sobre las piernas del padre, que termina por aceptar que C no hará otra cosa más que dormir. Y así seguiría hasta el final del partido, a no ser porque los gritos de los hinchas que increpan a los jugadores y al entrenador cada vez son más altos. C se despierta. De hecho, no es que haya dormido profundamente. Entre el frío y el aroma a licor barato se escabullen los sonidos de un estadio: gritos de vendedoras de cerveza, sánduches, cigarrillos, los periodistas que deliran en las diminutas cabinas que están en la parte superior de la Tribuna, los silbidos y los insultos de los neuróticos asistentes. C termina por despertar. Faltan diez minutos para que termine el sufrimiento. El marcador muestra un 0 a 0. Hay un tiro libre de indudable peligro para el equipo local. Pereira coloca 5 jugadores en la barrera. Luce nervioso. Escupe sobre sus guantes. El estado grita al unísono. El zurdo, del equipo rival, lleva las manos en la cintura. Mira fijamente al balón y alza su cabeza, de rato en rato, para determinar la posición del arquero. Los jugadores en la barrera dan pequeños pasitos para ganar centímetros, parecen bailarines. Los jugadores del otro equipo protestan al árbitro. Una tarjeta amarrilla y empujones. Los hinchas silban y gritan. A C el corazón le golpea en el pecho. Siente la presión de todo el estadio. El árbitro pita. El zurdo da un saltito y corre hacia la pelota. La barrera se desmorona. Algunos saltan, otros se cubren las caras, los genitales, otros abren las piernas. El balón atraviesa la barrera. Pereira lo ve acercarse, violento, como un misil. Se lanza a su derecha con todo el cuerpo convertido en una canasta. Abraza la pelota pero no la puede detener. Los defensas se quedan congelados, como una fotografía en blanco y negro. Un delantero del equipo visitante se barre. Alcanza la pelota y esta entre lenta, lentamente por una esquina, mientras el arquero argentino ya no puede reaccionar. El estadio se queda en silencio, mudo. Como cada partido tiene que vivir su propio Maracanazo. Restan 5 minutos para que termine el partido. El equipo se lanza con todo a buscar el empate. Parecen guerreros, cazadores desesperados por alcanzar una presa que les salve del hambre, de la muerte. Quizás por esos 5 minutos finales la gente de la pequeña ciudad llena los viernes el estadio. Porque en esos minutos finales se concentra la sobrevivencia, la lucha por salir adelante, el ímpetu de los derrotados. El árbitro pita. El partido termina. La gente sale cabizbaja, segura de un descenso a la segunda categoría, que parece inevitable, pero llena de una alegría comprimida en el fondo del corazón, porque ellos, como los jugadores, enfrentan la vida cada día con la misma decisión de morir en los últimos 5 minutos. C toma un sorbo más de cerveza. Los jugadores aficionados continúan con su algarabía desesperante. En la pantalla de la televisión se proyectan dibujos animados. Llama al mesero paga la cuenta y sale.
Sábado anterior: otra vez ganas de comer mariscos. Dirigirse a un restaurante para satisfacer esta necesidad. C se despertó con un ligero mareo, que había sido ya tan frecuente en las últimas semanas, pero que había recrudecido a medida que más comía. Pero no podía dejar de hacerlo. Entra a una marisquería cerca de un parque. Pide un caldo de bagre, y una cerveza fría. Los clientes lucen deportivos. Visten calentadores y, muchos de ellos, llevan pantalonetas y medias llenas de barro, zapatos de fútbol destrozados, y por los rostros caen enormes gotas de sudor. Comen grandes cantidades de canguil y ceviche de camarón. Beben enormes jarras de cerveza. Gritan y ríen. A C esa euforia le parece conocida. También él encontró en el fútbol una posibilidad de arrancarse la realidad en cada patada. El fútbol le llegó por doble vía. Frente al televisor, cuando tenía 6 años, y miraba los partidos del campeonato argentino. Recuerda el clásico River-Boca, y las miles de serpentinas que caen al suelo. Los narradores bonaerenses que celebran las jugadas. Vino el mundial del 78. Sus jugadores favoritos fueron Kempes y Fillol. Le gustaba la fuerza y la elegancia que mostraba el delantero cada vez que se enfrentaba a sus rivales. Y del arquero, el buzo verde que usaba, y esa sensación de vértigo que le producía cada vez que puñeteaba el balón, a la salida de un corner. Luego se dejó atrapar por el bullicio y las delirantes narraciones que hacían los locutores deportivos ecuatorianos, cuando narraban los partidos del campeonato nacional. Había uno en particular que le asombraba porque creaba una especie de teoría sobre el fútbol, que C apenas alcanzaba a comprender. Era una formulación matemática que le maravillaba: 4-3-3. ¿Qué diablos significaban esos números? C no lo sabía, pero cada vez que el comentarista, en el entretiempo, hablaba al respecto, le parecía que estaba accediendo a un mundo de misterios, de códigos imposibles de descifrar, y, sin embargo, sabía que tenía que haber una clave para poder acceder a la solución. Y así lo hizo cuando años después descubrió, así de pronto, que esa extraña fórmula que le maravillaba no era más que una disposición táctica que visualiza a los defensas, los medio campistas y los delanteros. Pero en su recuerdo sigue viéndose encantado frente al televisor de su casa, con el fútbol encerrado en la pantalla, y el gran enigma de los números. La otra vía era más cercana. C se mira entrando en el estadio de su ciudad natal, de la mano de Matute a quien agradece por sacarlo en la noche a un evento de hombres. El estadio luce de rojo completo. Hace frío, pero a C no le importa. El humo del cigarrillo se mezcla con el aroma a trago. C lo puede identificar claramente porque cada fin de semana es el mismo que está impregnado en la ropa de su padre, en el aliento, en las manos. Pero a C eso no le importa cuando entra al estadio, o se olvida. El equipo salta y la gente vibra. Llevan su tradicional uniforme de rojo y negro, y el arquero de verde y negro. Se ha olvidado de los nombres y los rostros de los jugadores, menos del arquero, un argentino que se llamaba Pereira. C quería ser como Pereira, y lanzarse al balón con las manos hacia adelante, jugándose la fachada en cada bola, como él lo hacía. Así lo recuerda, aunque quizás no pasó y lo que recuerda C es solo la versión de los hechos. Y qué es sino la memoria: un regreso a lo que fue, a lo que uno cree que fue. El partido, como casi siempre, supone la decepción para los hinchas que miran a su equipo incapacitado de ganar al rival. Cada minuto es un ir y venir de bolas, sin ton ni son. Hacia el final del entretiempo C ya duerme. Su padre la ha repetido insistentemente que lo haga, que si no, no le vuelve a traer, y C le ha respondido con el mismo entusiasmo con que se espera una bicicleta en Navidad, que seguro que aguanta todo el partido, pero no ha podido cumplir con su palabra, y se duerme, sobre las piernas del padre, que termina por aceptar que C no hará otra cosa más que dormir. Y así seguiría hasta el final del partido, a no ser porque los gritos de los hinchas que increpan a los jugadores y al entrenador cada vez son más altos. C se despierta. De hecho, no es que haya dormido profundamente. Entre el frío y el aroma a licor barato se escabullen los sonidos de un estadio: gritos de vendedoras de cerveza, sánduches, cigarrillos, los periodistas que deliran en las diminutas cabinas que están en la parte superior de la Tribuna, los silbidos y los insultos de los neuróticos asistentes. C termina por despertar. Faltan diez minutos para que termine el sufrimiento. El marcador muestra un 0 a 0. Hay un tiro libre de indudable peligro para el equipo local. Pereira coloca 5 jugadores en la barrera. Luce nervioso. Escupe sobre sus guantes. El estado grita al unísono. El zurdo, del equipo rival, lleva las manos en la cintura. Mira fijamente al balón y alza su cabeza, de rato en rato, para determinar la posición del arquero. Los jugadores en la barrera dan pequeños pasitos para ganar centímetros, parecen bailarines. Los jugadores del otro equipo protestan al árbitro. Una tarjeta amarrilla y empujones. Los hinchas silban y gritan. A C el corazón le golpea en el pecho. Siente la presión de todo el estadio. El árbitro pita. El zurdo da un saltito y corre hacia la pelota. La barrera se desmorona. Algunos saltan, otros se cubren las caras, los genitales, otros abren las piernas. El balón atraviesa la barrera. Pereira lo ve acercarse, violento, como un misil. Se lanza a su derecha con todo el cuerpo convertido en una canasta. Abraza la pelota pero no la puede detener. Los defensas se quedan congelados, como una fotografía en blanco y negro. Un delantero del equipo visitante se barre. Alcanza la pelota y esta entre lenta, lentamente por una esquina, mientras el arquero argentino ya no puede reaccionar. El estadio se queda en silencio, mudo. Como cada partido tiene que vivir su propio Maracanazo. Restan 5 minutos para que termine el partido. El equipo se lanza con todo a buscar el empate. Parecen guerreros, cazadores desesperados por alcanzar una presa que les salve del hambre, de la muerte. Quizás por esos 5 minutos finales la gente de la pequeña ciudad llena los viernes el estadio. Porque en esos minutos finales se concentra la sobrevivencia, la lucha por salir adelante, el ímpetu de los derrotados. El árbitro pita. El partido termina. La gente sale cabizbaja, segura de un descenso a la segunda categoría, que parece inevitable, pero llena de una alegría comprimida en el fondo del corazón, porque ellos, como los jugadores, enfrentan la vida cada día con la misma decisión de morir en los últimos 5 minutos. C toma un sorbo más de cerveza. Los jugadores aficionados continúan con su algarabía desesperante. En la pantalla de la televisión se proyectan dibujos animados. Llama al mesero paga la cuenta y sale.
lunes, 27 de agosto de 2007
En la tarde va a un mall. Compra marcadores de colores, tres resmas de papel bond inen A4, y mazquin. Ha decidido, para esta tarea, dejar de lado su lapto. Prefiere las manos, la textura del papel, y el color de los marcadores. Piensa, Cada día una hoja. Que C pegará en su estudio. Tiene suficiente espacio en las paredes, y si se precisa más quitará los retratos de Cortázar, Borges, y García Lorca. O sus cuadros. De todas maneras esos lienzos, más o menos grandes, C los desprecia, y no los ha quemado por su madre. Ella sufriría mucho si supiera que han pasado a mejor vida. Y C no quiere darle más penas. Pero quizás sea esta una buena ocasión para crear con ellos, y con unos cuantos cientos de libros y su respectivos libreros, una fogata. Y cierra los ojos. Está sentado en uno de los asientos del tren Bourdeaux-París. El cielo naranja se expande por su ventana. Baja la mirada y encuentra sus botas viejas, de mochilero, el jean agujereado y el buzo oscurecido por el sudor. Está delgado. En su mochilla lleva una manzana y un sánduche de tortilla española, que trae desde Madrid. Ha terminado sus estudios de cine en Valencia y ha emprendido un viaje soñado hasta París. Síndrome de Ulises, piensa. Pero he decidido hacer una parada de dos o tres días en Sant Junien, para visitar a una amiga de la universidad. Llego el viernes a las 5 pm, según el horario, le confirma por teléfono el día anterior. Muy bien, le contesta la voz al otro lado. C se baja en la estación. Espera que los cinco niveles aprobados en la Alianza Francesa le sirvan para algo. Busca la dirección en su libreta. San Junien es un pueblo pequeño, así que no te cuesta mucho encontrar la dirección. Timbra. Hay unas voces que hablan por el citófono. C no entiende nada. Silencio. Otra vez pregunta, ¿Dónde está? Las voces, diminutas, perdidas en la electrónica, le repiten. C está desconcertado. Camina de regreso a la estación. Hay un hotel al frente. Pide un cuarto. Es carísimo, pero no queda de otra. Piensa, Mañana debe llegar. La televisión muestra a Aznavour. Se aburre. Sale a caminar. Tiene un dolor que le atraviesa el cuerpo. Pero ha decidido no gastar nada. Ya mañana se pondrá de acuerdo con su compañera de universidad. En la noche se encierra en su habitación. Es húmeda y vieja. Se acuesta, quiere dormir pero tiene hambre. Por suerte recuerda que tiene el bocadillo. Todavía se puede comer. Y la sabe a gloria. La televisión destella, el francés le resulta un idioma incomprensible. Piensa en todo lo que ha gastado para estudiarlo. Pasan las horas pero no puede dormir. No sabe cómo pero llega el día. Quiere bañarse, pero no hay ducha. Con señalas le hace entender a la recepcionista del hotel de su necesidad. Y esta le trae una palangana y una jarra de agua. Así se bañan los franceses. Regresa al departamento de su compañera. Otra vez las voces que le dicen, que él cree comprender, que no hay regresado, que no lo hará en los próximos días. C mira las calles del pueblo, los autos nuevos, la tienda de tabacos, el correo, y le parece que es un sueño, uno de esos estados oníricos en que se confunde todo. Cuatro horas después está en otro tren, con el sol de fuego cayendo por la ventana. Abre los ojos y mira las resmas de papel, y los marcadores. Dice, Mañana será un gran día. Y se acuesta a dormir como hace años no lo hace. Son las 9 de la noche. Y solo le falta tomar un vaso de leche tibia y abrazar a un osito de peluche. Pero en la refrigeradora solo tiene vodka y restos de comida china. Y el único oso de peluche que tuvo en su vida fue lanzado a la basura cuando C lo descubrió, en una caja escondida en la buhardilla de la casa de su madre, el día que cumplió 20 años.
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